Texto académico

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Juan Hernández Luna
Humanista Nicolaita del siglo XX
Ma. de la Paz Hernández Aragón.
Archivo Histórico Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Juan Hernández Luna
Humanista Nicolaita del siglo XX
Ma. de la Paz Hernández Aragón.
Archivo Histórico Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
UMSNH. Morelia. Mich. MX. 30 de julio de 2026
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Juan Hernández Luna
Humanista Nicolaita del siglo XX
Ma. de la Paz Hernández Aragón.
Archivo Histórico Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Datos
Juan Hernández Luna
Humanista Nicolalta del siglo XX
Ma. de la Paz Hernández Aragón
Portada
Dr. Juan Hernández Luna
Diseño y formato
Maby Elizabeth Sosa
Impreso en Morelia, Michoacán
Primera edición 2001
Derechos reservados para la presente edición:
Ma. de la Paz Hernández Aragón
Universidad Michoacana de San Nicolas de Hidalgo
ISBN 968-7502-28-2
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Presentación
El 8 de diciembre de 2000 se cumplieron cinco años de la muerte del Dr. Juan Hernández Luna, fundador del Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita, a quien la comunidad universitaria debe el legado de un valioso patrimonio cultural que ha estado presente, año tras año, en la Ciudad de México con motivo de la Feria del Libro en el Palacio de Minería.
Durante los últimos quince años de su vida académica, se abocó a rescatar la obra de filósofos, científicos, pintores y poetas, así como a dotar a los nicolaitas de libros de texto, con el propósito de ampliar el ámbito cultural a través de la lectura de diversos temas, procurando que las obras no fueran costosas y estuvieran al alcance de los estudiantes de escasos recursos.
El placer más grande y el que más satisfacciones le dejó al Dr. Hernández Luna fue el de la lectura. Lo recuerdo en su biblioteca, rodeado de libros, donde leía, escribía, corregía pruebas de imprenta y preparaba edición tras edición. Aún no salía a la luz un libro cuando ya tenía planeado el siguiente.
Una gran alegría se reflejaba en su rostro cuando llegaba a su casa con los primeros ejemplares recién salidos de la imprenta. Acompañado siempre de su esposa, Pachela, realizó en silencio, con humildad y constancia, su labor editorial. Nunca se ensoberbeció con sus triunfos; siempre fue un hombre sencillo, cualidad que heredó de sus padres.
El haber ocupado tan diversos cargos durante su vida y verse rodeado de ilustres personajes mexicanos y españoles no cambió su conducta; el mismo trato amable tenía para un gran filósofo que para un sencillo obrero.
Su afición fue el deporte, que practicó durante toda su vida mediante la gimnasia, la natación y las caminatas matinales, aspirando el frescor del campo e imponiéndose el reto de alcanzar la cima de un monte, con el deseo de salir siempre adelante y conquistar la meta anhelada. No hubo reto que se impusiera del que no saliera victorioso.
Aunque la enfermedad minó su fuerza física, no pudo vencerlo, y continuó trabajando en su santuario, rodeado de óleos, litografías, guajes y cofres de Olinalá, bateas de Uruapan, piezas arqueológicas, entre otros objetos. Sólo la muerte pudo doblegar el espíritu infatigable de este ilustre nicolaita, de quien hoy el Archivo Histórico de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo publica su biografía.
Ma.De la Paz Hernández A.
Morelia, Mich., octubre del 2000
Dr. Juan Hernández Luna
Humanista nicolaita del siglo XX.
Juan Hernández Luna nació en la ciudad de Morelia, estado de Michoacán, el día 20 de octubre de 1913. Proveniente de una familia numerosa, fue el décimo y último de los hijos. Sus hermanos fueron: Guadalupe, conductor de tren radicado en Acámbaro; Josefa, quien fue su segunda madre; Graciano, comerciante; Simeón; María de Jesús, maestra normalista que, al jubilarse, tuvo la tienda La Nacional, donde vendía ropa de mezclilla para obreros y campesinos; Toña; Rosa; Reyes, maestro normalista radicado en La Huacana; María, mecanógrafa en la Secretaría de Hacienda; y Juan.
Sus padres, Francisco Hernández Rodríguez y Francisca Luna Gómez, originarios de Salamanca, Guanajuato, se establecieron en la ciudad de Morelia debido a la encomienda que el hermano de don Francisco le hiciera de proporcionar educación en el Seminario a su hijo Eucario Hernández. Los dos Franciscos, hombres de corazones bondadosos y rectitud intachable, costearon los estudios de su sobrino Eucario hasta verlo convertido en sacerdote y, más tarde, cura de Tarímbaro. Como doña Pachita tenía que atender al señor cura de Tarímbaro, pasaba temporadas en esa población y siempre iba acompañada del pequeño Juan. Juanito disfrutaba su estancia en aquel lugar: algunas veces jugueteaba en el granero del señor cura; otras, escalaba los cerros cercanos, corría entre los sembradíos, lidiaba alguna vaquilla, se recostaba sobre la fresca hierba o nadaba en algún arroyuelo. Al atardecer contemplaba la puesta del sol. De este primer contacto con la naturaleza nació su afición por el campo, por llenar siempre sus pulmones de aire fresco y por sentir esa libertad de acción y de pensamiento que lo acompañó durante toda su vida.
En Morelia, don Francisco compró una casa en la calle de Morelos Norte, por el rumbo de El Carmen. Ahí estableció su negocio de curtidor de pieles. Hombre muy trabajador, enseñó al pequeño Juan el oficio de zapatero y a confeccionar sus propios zapatos. La dedicación al trabajo la heredó de sus padres, al igual que la rectitud en sus acciones y la generosidad de su corazón.
Desde sus primeros años de infancia, Juanito fue un niño muy inquieto. Jugaba con cohetes, cazaba con escopeta o practicaba el boxeo golpeando un mono de paja que, junto con sus amigos, fabricaron para tal efecto. Fue testigo del sitio de la ciudad de Morelia durante la embestida rebelde del general Enrique Estrada, en enero de 1924. Creció entre conflictos revolucionarios, violencia, crisis económica, escasez de productos básicos, sequías, epidemias y persecución religiosa. Percibió el enorme esfuerzo de reconstrucción que el país requería, observó los problemas sociales de su tiempo y aspiró a convertirse en forjador de un México mejor, contribuyendo para ello con su trabajo con estos nobles ideales ingresa en el año de 1928 al Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, en donde conforme al plan de Estudios cursa y aprueba veintiséis materias correspondientes al ciclo completo de secundaria.

Francisco Hernández Rodríguez
padre del Dr. Juan Hernández

Francisca Luna Gómez
madre del Dr. Juan Hernández
Por este tiempo se efectuaban los ya famosos Cafés Nicolaitas en los domicilios particulares de algunos profesores, especialmente en las casas de los doctores Jesús Díaz Barriga y Enrique Arreguín Jr., a los cuales concurrían numerosos maestros y alumnos del Colegio de San Nicolás y de los demás planteles universitarios. En estos cafés se discutían asuntos de carácter social, pedagógico, político y económico de interés para el desarrollo de la cultura en el estado.
En el café que tuvo lugar en la residencia del Dr. Arreguín se reunieron los médicos Jesús Díaz Barriga, rector de la Universidad Michoacana; Rafael Morelos N.; Salvador Ruano y Fernando Nieto; así como los estudiantes Manuel Romero Pérez, Esteban Figueroa, Natalio Vázquez Pallares, Juan Hernández, Eustaquio Roch, Melesio Aguilar Ferreyra, Alfonso Capilla, Octavio Oropeza, Fernando Magaña y otros.¹ Ese día se presentó el general Lázaro Cárdenas, gobernador de Michoacán, con el propósito de tener un acercamiento con las juventudes estudiosas, a fin de conocer sus ideas y ayudarlos a resolver sus problemas. No obstante la presencia del general Cárdenas, la reunión se llevó a cabo conforme a lo planeado en el orden del día. Los asuntos que ahí se trataron mostraron al gobernador la sinceridad de los estudiantes y su preocupación por resolver los problemas sociales del país. Los dos cafés siguientes se llevaron a cabo en la residencia particular del general Cárdenas, donde se discutieron las bases para formular la reglamentación del artículo cuarto de la Carta Magna, relativo al ejercicio de las profesiones. Ahí se dio forma al Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, integrado por el doctor Jesús Díaz Barriga, en su carácter de rector; los abogados Gabino Vázquez, Gustavo Corona, Victoriano Anguiano, José María Mendoza Pardo y Gabriel Martínez Montes de Oca; el doctor Enrique Arreguín Jr.; y el ingeniero Luis G. Alcérreca.² Como resultado de este acercamiento entre el gobernador Cárdenas y los estudiantes, surgieron la fundación de la Facultad de Ingeniería, el establecimiento de la Casa del Estudiante y varios donativos importantes para los planteles superiores, así como un aumento del subsidio destinado a la Universidad.
Juan Hernández Luna, un muchacho robusto, de baja estatura y dotado de una inteligencia extraordinaria, pronto se hizo notar entre los nuevos nicolaitas.³ Su maestro de Historia Universal, don Jesús Romero Flores, organizaba año con año concursos de oratoria en los que los participantes debían desarrollar un tema que él mismo señalaba. El triunfador, además de recibir un premio en libros, era quien debía ocupar la tribuna el 8 de mayo para rendir homenaje al Padre de la Patria, hijo ejemplar del Colegio. En el concurso de 1930 participó Hernández Luna con el tema Vida y obra de Buda. El joven obtuvo el primer premio y fue el orador de la ceremonia de ese año; ello le valió el sobrenombre de Buda, que lo acompañó durante su vida estudiantil. Desde ese momento se convirtió en el orador oficial de su generación. Era el orador espontáneo, el que abordaba cualquier tema en un momento de apuro, ya fuera ante sus compañeros, en el aula o en los corredores del Colegio, o bien en el Teatro Ocampo; el que, con una elocuencia innata, sabía atraer a las multitudes. Su voz era calmada y firme; su ademán, energía y elocuencia poco comunes. “Para ejercitar la oratoria nos íbamos a las lomas de Santa María o a la Cueva del Toro —dice el licenciado Jesús Aguilar Ferreira—. Nos fijábamos algún tema de antemano y tratábamos de desarrollarlo. Recuerdo a Juan Hernández, a José Cortés Marín y a Manuel Báez Carrillo, en su turno respectivo, subidos sobre una gran piedra en una ladera para dirigirnos, a los que quedábamos abajo, la palabra juvenil y sincera del que aún no conoce los subterfugios del falso lenguaje, para después, en su turno, los que escuchábamos, con carácter de inapelables jurados, calificar al examinado. Se calificaba sin miramientos, pero también se sabía atender al consejo para hacerlo mejor”.?
El Buda, inquieto estudiante nicolaita y aficionado a los deportes, siguiendo aquel precepto griego de mente sana en cuerpo sano, practicó alpinismo, natación, atletismo, fútbol, basquetbol y boxeo. Los maestros de Educación Física del Colegio de San Nicolás estimulaban las habilidades juveniles mediante eventos atlético-deportivos. En San Nicolás había un maestro que había sido boxeador de peso completo, conocido con el nombre de El Playerito; él preparaba a los muchachos para las peleas que tenían lugar en el segundo patio del plantel.? Juan Hernández, aficionado al boxeo desde su infancia, “conquistó allí el título de Campeón de Peso Mosca y llegó a presentarse en el Salón Morelos, que se encontraba en un extremo de la plaza principal, en una memorable función en la que se enfrentaron el Chueco Gómez contra un muchacho Alducín, que llegó a ser ingeniero. Gómez repitió la hazaña de Firpo contra su rival. Fue emocionante también la pelea de Kid Buda contra El Mexicano, en la que ganó el nicolaita”.?

Juan Hernández Luna, El Buda, Campeón de box en el Colegio de San Nicolás
En atletismo, Juan Hernández Luna fue campeón de los 500 metros planos. En fútbol formó el equipo América con un grupo de zapateros y peluqueros del barrio de El Carmen, patrocinados por don Antonio Morales, dueño de la carnicería La Lidia. En basquetbol integró el equipo de primera fuerza junto con Luis Méndez, El Mondieu; su hermano El Chilpa; Gregorio Torres Fraga, El Chino; El Chimuelo y El Flaco Guzmán. Su oponente más destacado era el equipo de la Escuela Normal, que siempre les ganaba, y los encuentros terminaban en verdaderas batallas campales entre los partidarios de ambos equipos.?
"Aparecen en el escenario nicolaita de los años de 1927 a 1931, en el ciclo conjunto de cinco años de secundaria y preparatoria, los alumnos Juan Hernández Luna, José Cortés Marín, Manuel Báez Carrillo, Luis y Pablo Rivadeneyra y Jesús Aguilar Ferreira, quienes, por motivos quizá de simpatías mutuas, lograron una amistad firme y sincera. No gustaban mucho de las matemáticas, pero sí de la literatura, la oratoria y la filosofía, aunque en estas dos últimas ramas del saber únicamente sobresaliera el primero de los nombrados. Asiduos todos a la lectura de escritores de la talla de Esquilo, con Prometeo encadenado y otras obras de los trágicos, recordaban y traían a colación fácilmente las Filípicas de Demóstenes. No les eran desconocidas las obras de Platón y Aristóteles, para luego traer bajo el brazo a Plutarco, con sus Vidas paralelas, engolosinándose después con la elocuencia y filosofía de Cicerón, a través de sus notables discursos. Con frecuencia hacían gala de haber leído a Juan Jacobo Rousseau y El contrato social, pero sobre todo a Goethe, con Fausto. No les fueron desconocidos Walter Scott, con Ivanhoe; Víctor Hugo, con Nuestra Señora de París y Los miserables; ni Aurora Dupin (George Sand), con Ella y él, obra inspirada en sus andanzas en Mallorca y en su vida sentimental junto a Chopin y Musset. Tampoco podían faltar en sus lecturas las obras de Gustavo Adolfo Bécquer, con sus Rimas; las de Edgar Allan Poe, dentro del romanticismo norteamericano; las de Anatole France, con La isla de los pingüinos; o las de Benito Pérez Galdós, con Doña Perfecta, así como El crimen del padre Amaro, de Eça de Queirós. Nunca dejaron de traer consigo, listo para ser leído, el maravilloso tema de Los hermanos Karamázov, que viene a constituir las diversas maneras de reaccionar de la conciencia humana dentro de una misma familia, o también La guerra y la paz, de León Tolstói, al igual que La dama de las camelias, de Alejandro Dumas. Asimismo, en sus intervenciones oratorias —sobre todo en las de Juan Hernández— no dejaban de invocar a Tomás Carlyle, a Federico Nietzsche, este último con Así habló Zaratustra, o, en fin, a José Ortega y Gasset, con El tema de nuestro tiempo.8
En los años de 1930 a 1934 cursó en el Colegio de San Nicolás la preparatoria especial para la carrera de abogado. En 1931 fue nombrado investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales, dependiente de la Universidad Michoacana.? Más tarde, el rector de la Universidad Michoacana, licenciado Gustavo Corona, lo designó celador del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo.¹? El 24 de enero de 1931 ocupó el cargo de vicepresidente del Consejo Estudiantil Nicolaíta por mayoría de votos. El Consejo Estudiantil era el órgano representativo del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo y tenía por lema: Por la cultura e integridad del estudiante. Organizaba torneos mensuales de oratoria para contribuir a la elevación intelectual de la juventud nicolaíta y estimular el interés de los estudiantes en asuntos de índole cívica y relacionados con el desarrollo de la vida nacional. Juan Hernández Luna participó activamente dentro de este organismo. Al fundarse en Morelia la Escuela para Obreros y Campesinos, a petición del señor Ramón Magaña, de la Universidad Nacional Autónoma de México, colaboró en los programas de cultura destinados a estos trabajadores, solicitando al doctor Manuel Martínez Báez, jefe de la Sección de Educación Higiénica de Salubridad Pública, películas de propaganda y educación higiénica que orientaran a la clase obrero-campesina. Repartió propaganda antialcohólica y organizó un encuentro de basquetbol durante la fiesta cultural-deportiva del 5 de abril de 1931.¹¹ En junio de ese mismo año asumió la presidencia del Consejo Estudiantil Nicolaíta y fue nombrado delegado al VII Congreso Nacional de Estudiantes, efectuado en la Ciudad de México el día 10 de junio.
Siempre en constante actividad, planeó durante el mes de julio una serie de conferencias para profesores y alumnos del Colegio. La primera de ellas fue impartida por el profesor Jesús Romero Flores con el tema Las grandes figuras literarias de América. La segunda, titulada Eugenesia y eutanasia, fue sustentada por el doctor Enrique Arreguín. Colaboró asimismo en las campañas de vacunación realizadas en Huetamo, Cuitzeo y Puruándiro, así como en el censo de estudiantes solicitado por la Secretaría de Estadística en julio de 1931. En ese mismo mes y año, el presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz Rubio, reconoció los estudios realizados en la Escuela Libre de Michoacán. Ante esta situación, el Consejo Estudiantil Nicolaíta nombró una Comisión Dictaminadora integrada por dos autoridades en materia pedagógica, los profesores Rafael C. Haro y Jesús Romero Flores; dos autoridades en materia jurídica, los licenciados Rafael García de León y Salvador Bremauntz; y, complementando dicha comisión, el doctor Jesús Díaz Barriga. Una vez entregado el dictamen de la comisión sobre la Escuela Libre de Derecho, el Consejo Estudiantil Nicolaíta envió, con fecha 8 de agosto, una carta al presidente de la República solicitándole la clausura de dicha escuela y sus anexos, “por ser de marcadas tendencias reaccionarias y considerándola, además, retrasada en sus métodos de enseñanza desde el punto de vista pedagógico revolucionario”. Al día siguiente organizó una manifestación estudiantil que partió del Colegio de San Nicolás en protesta por el reconocimiento oficial de los estudios de la Escuela Libre de Michoacán, considerado por los manifestantes como “uno de los más grandes ultrajes que se ha hecho a la cultura en México”. El periódico El Universal se adhirió a la protesta del Consejo Estudiantil Nicolaita y prometió iniciar una campaña nacional en favor de la supresión de tan absurda disposición, que denigraba a los autores y ofendía a la cultura.¹²
El 8 de abril de 1932, Juan Hernández Luna encabezó, junto con Palemón Vega Zavala y Eduardo Ponce de León, presidente y secretario general del Consejo Estudiantil, respectivamente, un movimiento en contra del regente del Colegio de San Nicolás, licenciado Rafael García de León. Al haber sido nombrado magistrado del Supremo Tribunal de Justicia del Estado, García de León había solicitado licencia para ausentarse de la Regencia, cargo que ocupaba desde hacía tres años y que, según sus opositores, había utilizado para realizar labor política e introducir en las cátedras a partidarios incondicionales que no se identificaban con el sentimiento nicolaita. Además, se consideraba que no había realizado ninguna labor importante en beneficio del plantel. Cuando intentó regresar a su cargo, privaba al Colegio de las reformas disciplinarias y de las mejoras materiales que había iniciado su suplente, el doctor Gallegos. Por ello, este grupo de estudiantes se opuso a su retorno, convencido de que, si anteriormente no había dedicado tiempo ni atención al Colegio, su regreso significaría un retroceso para la institución. Por esta razón redactaron un pliego petitorio dirigido al gobernador del estado, en el que solicitaron la permanencia del doctor Gallegos en la Regencia, a quien consideraban un verdadero e indiscutible factor de progreso para el Colegio de San Nicolás.
Durante sus años estudiantiles, Juan Hernández levantó su voz en la tribuna y expresó sus ideas en diversos periódicos, siempre en defensa de la Universidad Michoacana. Aspiraba a ser un verdadero revolucionario del pensamiento universitario, anhelando postulados de justicia social y proponiéndose crear, dentro del ámbito universitario, grupos con un auténtico contenido ideológico, vida cultural y elevados propósitos. Señalaba los errores y combatía las inmoralidades y los vicios; luchaba por la limpieza de las ideas y por la rectitud de los gobiernos. Dirigió y publicó el semanario estudiantil Índice; los periódicos Prometeo, Zarpazos, órgano de lucha; y Grúa, periódico antiimperialista al servicio de la clase trabajadora y en favor de la unidad estudiantil, además de una gran cantidad de manifiestos.
Cuando en 1932 el general Benigno Serrato asumió la gubernatura del estado de Michoacán, inició una ofensiva contra todo lo que oliera a cardenismo. Descargó su rencor sobre los campesinos y los estudiantes, reprimió las libertades públicas y ahogó en sangre los derechos ciudadanos. Al imponer su caprichosa autoridad provocó el surgimiento de la huelga en los planteles universitarios. Mediante el Decreto núm. 17, del 14 de febrero de 1933, promulgó una nueva Ley Orgánica de la Universidad Michoacana, con la cual, según denunciaban los estudiantes, “las puertas de la Universidad quedaban cerradas al estudiante pobre por medio de gabelas que se manifiestan por impuestos exagerados en derechos de inscripción y en la expulsión de los estudiantes pobres de la Casa del Estudiante, en la que es requisito para permanecer contar con la matrícula respectiva, y para tener matrícula es necesario tener dinero; nuevamente la enseñanza se hace privilegio de los ricos”.¹³
Al separarse de la Rectoría el doctor Jesús Díaz Barriga, los estudiantes universitarios pidieron al gobernador Serrato que nombrara rector al doctor Enrique Arreguín Jr. Sin embargo, el gobernador ignoró la petición y nombró rector al licenciado Gustavo Corona, a quien la opinión estudiantil repudiaba por la irregularidad de sus estudios, su falta de consistencia ideológica y su ineptitud como maestro. Corona, sin ningún escrúpulo, aceptó el cargo, se rodeó de un grupo de incondicionales y favoritos, y trató de imponer por la fuerza su autoridad a la mayoría estudiantil. Asimismo, hostilizó a los profesores cuya filiación política era contraria al serratismo y favorable al general Lázaro Cárdenas.
Como las dificultades aumentaban en la Universidad, los estudiantes enviaron un pliego petitorio al gobernador solicitando la renuncia del licenciado Corona. El general Serrato hizo caso omiso de la petición y, en consecuencia, el día 4 de julio se declaró la huelga en todos los planteles universitarios, suspendiéndose las clases en escuelas y facultades. Los estudiantes organizaron una marcha de protesta contra el gobernador que recorrió la avenida Madero hasta el jardín Villalongín. Al día siguiente, todos los edificios universitarios izaban la bandera rojinegra, símbolo de la lucha del proletariado. El Comité de Huelga lanzó un manifiesto dirigido al pueblo de Michoacán y a los estudiantes de la República para dar a conocer las causas de su movimiento. La respuesta solidaria no se hizo esperar: los institutos superiores de Mérida, Veracruz, Toluca, Saltillo, Monterrey, Guadalajara, Chihuahua, Guanajuato y Durango manifestaron su apoyo a los estudiantes michoacanos.
Los días pasaban, el conflicto no se resolvía y el año escolar estaba a punto de perderse. El Comité de Huelga convocó a una magna asamblea en el Colegio de San Nicolás con el propósito de reanudar las clases. Para este fin se nombró un Consejo Universitario Provisional integrado por los licenciados Rafael García de León y Jesús Ramírez Mendoza; los doctores Alberto Oviedo Mota y Enrique Arreguín Jr.; y los estudiantes Enrique Padilla, Abdón Ayala, Severiano Mora Tovar y María Dolores Núñez.Para el día 15 de agosto las clases se habían reanudado en todas las escuelas universitarias. Al morir el general Benigno Serrato en un accidente aéreo, fue sustituido por el general Rafael Sánchez Tapia, hombre ilustrado y de brillante trayectoria revolucionaria. Él vino a resolver el problema universitario y, el 15 de diciembre de 1934, el doctor Enrique Arreguín Jr. tomó posesión como rector en sustitución del licenciado Gustavo Corona. Con el doctor Arreguín se inició la reforma universitaria de orientación socialista que habría de cristalizar en 1939, bajo el gobierno del general Gildardo Magaña.
Ante el desorden y la indisciplina que reinaban en la Universidad a consecuencia de estos conflictos, Juan Hernández no permaneció indiferente y dejó oír su voz como representante de los alumnos en las sesiones del Consejo. Reprobó el atentado que los estudiantes de Medicina y Jurisprudencia habían cometido contra las pinturas del muro orientado hacia el sur del Colegio de San Nicolás. Opinaba que en la preparatoria “hay especies de castas, de grupos de estudiantes; unos vienen con una intención, otros con otra”.¹? Consideraba que existían numerosos grupos antagónicos que ejercían influencia entre los estudiantes con fines políticos. En aquellos momentos críticos, la Universidad debía no sólo educar, sino también orientar a la juventud nicolaita. Con este propósito, Hernández Luna presentó un proyecto que consideraba eficaz para encauzar la inquietud estudiantil hacia objetivos constructivos: “Primero, reuniones parciales de los profesores de cada año con sus propios alumnos, a fin de que unos y otros tengan un acercamiento espiritual que dé por resultado una efectiva educación de parte de los profesores para los alumnos. Segundo, la organización de torneos literarios, hablados y escritos, cada mes, con los cuales se logre cierto grado de cultura en los alumnos, interesándolos por medio de premios. Tercero, establecer un ciclo de conferencias científicas en el cual tomen parte todos los profesores del Colegio, de una manera obligatoria, con temas de sus respectivas cátedras. Aunque este proyecto está hecho exclusivamente para la preparatoria, se puede aplicar a las facultades si se cree conveniente”.¹?
Esta propuesta de Juan Hernández tuvo buena acogida, pues en la sesión de Consejo del día 3 de agosto de ese año el señor Luis Andrade Carmona informó que los alumnos del quinto año habían abierto un ciclo de conferencias con el objetivo de orientar a los universitarios. Al profesor Salazar Mallén le correspondió inaugurar dicho ciclo, mientras que la segunda conferencia estuvo a cargo del doctor Arreguín.¹?
Juan Hernández participó también en la comisión integrada por los licenciados Luis Marín Pérez y Manuel Moreno Sánchez; el doctor Enrique Arreguín; y el señor Esteban Figueroa, encargada de estudiar y dictaminar la iniciativa presentada por un grupo de profesores y alumnos relativa a la socialización de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El criterio que hasta entonces había orientado a la Universidad era el laicismo; ahora podía adoptar una orientación socialista, de acuerdo con la reforma al artículo tercero constitucional aprobada por el Poder Legislativo de la República.
Con el propósito de unir la inquietud estudiantil, entonces dispersa y desorientada, y encauzarla por senderos precisos y definidos que permitieran construir la síntesis ideológica de la que carecía el Colegio, Juan Hernández organizó el Primer Congreso Estudiantil Nicolaíta. En su calidad de presidente del Congreso, teniendo como secretario a Alfonso Reyes Hernández y como secretario de actas a José Zavala Alcaraz, convocó a todos los estudiantes de secundaria y preparatoria del Colegio de San Nicolás a participar y presentar sus ponencias por escrito, a fin de que sirvieran de guía para las discusiones y permitieran elaborar una síntesis de sus inquietudes.
Los temas propuestos en la convocatoria fueron:
1. Acción social del estudiante.
2. Actitud del estudiante frente a la política militante.
3. La función del Colegio de San Nicolás como dependencia universitaria.
Para cada uno de estos temas se nombraron comisiones encargadas de dictaminar las ponencias presentadas por escrito, y se solicitó la orientación de diversos maestros universitarios. Aunque en la segunda sesión del Congreso “hubo grupos malintencionados que trataron de ejercer una labor subversiva, en el sentido de desviar los pasos firmes por los que caminábamos, pronto se dejó sentir el retorno a la cordialidad y el anhelo entusiasta de seguir colaborando hasta conseguir delinear los principios ideológicos que aportaremos en bien de la causa estudiantil”.¹?
Conclusiones del Primer Congreso Estudiantil Nicolaita: El estudiante y la política
I. El estudiante no debe actuar en la política cuando ésta sea concebida como lucha electoral de partidos, como disputa de intereses transitorios, como actuación inmoral de oportunistas y aduladores, o como apetito por las cosas públicas.
II. El estudiante debe actuar en la política siempre que la conciba como cristalización de ideales, como guía recta de hombres, grupos o pueblos, como lucha doctrinaria surgida de una actitud ideológica y de los contactos puramente espirituales de los hombres con las masas.
III. El estudiante debe mantenerse al margen y desconfiar de los partidos políticos, aunque éstos respondan al movimiento social, por ser el fin de casi todos ellos la conquista del poder, que en nuestro país es símbolo de pillaje, bandolerismo, usufructo, inmoralidad y mentira; además, porque para llegar a él toman como palanca el sufragio, que es función de soberanía, pero no de voluntad social.
IV. El estudiante debe impedir, ya sea por medio de la prensa, la tribuna, carteles, mítines o campañas en sindicatos y organizaciones, que los campesinos sirvan de instrumento a los partidos políticos para la integración de funcionarios públicos, ya que estos procedimientos no son sino fraudes al voto popular.
V. El estudiante debe velar porque el Colegio de San Nicolás no sea nunca instrumento de partido o candidato alguno, ni fracción política de algún régimen gubernamental, ya que lo contrario significaría atentar contra la soberanía que esta institución de orden moral debe disfrutar. Institución que tiene la misión de responder a las exigencias del medio social que la nutre y no a las ambiciones de partido o candidato alguno.
VI. El estudiante debe evitar que los movimientos ocurridos en las altas esferas de la política militante —cambios de autoridades en el régimen gubernamental, movimientos electorales, etc.— se reflejen en los círculos estudiantiles de nuestro Colegio, por ser la misión de éste distinta a los intereses del gobierno.
VII. El estudiante que milite en algún partido o apoye a algún candidato puede hacerlo, pero no con el carácter de estudiante, sino como ciudadano.
Conclusiones del Primer Congreso Estudiantil Nicolaíta: Función del Colegio de San Nicolás como dependencia universitaria
I. La Universidad es un laboratorio de ciencia, cultura, docencia y profesión. Un laboratorio del cual, desde el rector de la Universidad hasta el último estudiante, son simples obreros colaboradores.
II. La Universidad es un aula donde se incuban sistemas y donde se modelan hombres imbuidos de principios científicos, culturales y técnicos.
III. La Universidad es, además de esto, extensión y difusión de lo elaborado; es acercamiento hacia el medio social que la nutre y del cual es un reflejo; es, en otras palabras, acercamiento a las masas, pero sin sacrificar su esencia ni los principios que le están encomendados.
IV. La Universidad tiene la finalidad de formar hombres de carácter, dotados de un profundo proceso cultural, científico y técnico, así como de un espíritu sensible a las necesidades sociales.
“En la ciencia, al investigador, al constante renovador de las verdades científicas; en la cultura, al resumidor de todas las esencias que el universo único y absoluto posee, al hombre de categoría, dotado de un foco espiritual que le humanice y lo haga persona y carácter; en la docencia, al hombre modelo, al ejemplo acuñado y conformado en los altos valores de la cultura y del saber, al transmisor de estos valores, al inquietador y forjador de generaciones; y, en la profesión, al técnico de los problemas sociales”.
V. El Colegio de San Nicolás, por ser el hemisferio medular y central de la Universidad, tiene la misión de iniciar cuidadosamente la formación del carácter y de colocar, mediante la búsqueda de la vocación del alumno, los elementos del saber humano capaces de modelar su futuro.
a) El Colegio de San Nicolás debe preparar al alumno para una vocación o profesión, ayudándole a descubrirla por medio de la cátedra, el libro, la revista, la conferencia, el laboratorio, etc.
b) El Colegio de San Nicolás debe liberar al alumno de la ignorancia y de los prejuicios, preparándolo ampliamente para la cultura contemporánea mediante una educación clara y sólida, sustentada en la enseñanza de las ciencias, las artes y las lenguas antiguas y modernas.
c) El Colegio de San Nicolás debe estar orientado, o mejor dicho, debe orientar a los alumnos hacia un espíritu y una conciencia relacionados con el momento social, proporcionándoles una noción exacta de la igualdad y la justicia humanas frente al trabajo y sus frutos, así como frente a la producción industrial del brazo y de la mente, aprovechando para ello el estudio y análisis de todos los sistemas, desde Marx hasta aquellos que lo precedieron y sucedieron.¹?
La ponencia de los estudiantes Julián Luviano y Ramón Aguirre, titulada Acción Social del Estudiante, provocó acaloradas discusiones, y la Comisión Dictaminadora consideró no aceptarla porque, según expresó, «esta ponencia sugiere muchos puntos de vista y señala infinidad de errores sin fundamentos ni resoluciones prácticas y justas».
Lo mismo ocurrió con la otra ponencia sobre el mismo tema, presentada por los estudiantes Luis M. Salgado, Ramón Martínez Ocaranza, Roberto Reyes Quiróz y Rafael Orozco.
Existían en la Universidad Michoacana tres grupos: los reaccionarios, apoyados por el capitalismo; el grupo de los oportunistas y aventureros de la Revolución y del socialismo; y el partido de los revolucionarios sinceros y honestos, deseosos de crear una universidad socialista que fuera “el retrato fiel de una cultura más humana”. A este último grupo pertenecía Juan Hernández Luna, quien durante sus años de estudiante tuvo como meta luchar por la justicia social y la transformación de la educación universitaria. En su deseo de encontrar solución a los problemas de su tiempo, sus amigos Palemón Vega y El Chilpayate le dedicaron unos versos en los que lo llamaban: “terco reformador y neocatólico, revolucionario, siempre lleno de ideas y con la mente y la pluma prestas para salir en defensa de su Colegio y de sus ideales nicolaítas”. Veía a su Universidad invadida por grupos de la burguesía fascista que se hacían llamar Las Camisas Rojas, porque utilizaban los colores del emblema proletario y se proclamaban socialistas y revolucionarios. Sin embargo, a su juicio, no lo eran, pues engañaban a las clases trabajadoras y estaban al servicio del capital estadounidense y de una política imperialista que pretendía controlar la economía nacional mediante el dominio de las compañías eléctricas, de transporte y de la industria petrolera. La indumentaria roja era, para Hernández Luna, un disfraz revolucionario con el que este grupo pretendía ocultar una política de explotación de las masas, en su campaña por salvar un sistema capitalista en crisis. Consideraba además que el representante en México del fascismo burgués era Tomás Garrido Canabal, a quien atribuía actos de violencia contra diversos sectores sociales y trabajadores. Los doctores Jesús Díaz Barriga y Enrique Arreguín visitaron el estado de Tabasco y, a su regreso a Morelia, publicaron en el número 14 de Antena (22 de abril de 1934) comentarios elogiosos sobre la figura de Tomás Garrido Canabal. Posteriormente fundaron el Bloque de Jóvenes Revolucionarios de Michoacán, con un programa de acción inspirado en el movimiento tabasqueño. Juan Hernández Luna desenmascaró a los grupos garridistas que, según su criterio, se habían introducido en la Universidad Michoacana, encabezados por el rector, doctor Enrique Arreguín, quien presuntamente negaba pensiones a los estudiantes de escasos recursos que se resistían a ingresar al Bloque de Jóvenes Revolucionarios. “Es necesario —dice Hernández Luna— que los estudiantes michoacanos emprendan una enérgica campaña contra la política de los rojinegros mixtificadores, con Arreguín a la cabeza; contra la política fascista de éste, y por becas suficientes y descuentos en las cuotas de estudio”.¹?
Siguiendo los ideales vascoquiroguianos, albergaba el anhelo de una sociedad mejor que la existente y el deseo de luchar por el advenimiento de una nueva progenie, de una humanidad más perfecta, en donde la justicia fuera más equitativa, la libertad mejor entendida, la riqueza mejor distribuida y la felicidad más completa.
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Fiel a este destino, Juan Hernández Luna observaba los sufrimientos de las clases humildes y trabajadoras y se manifestaba en contra de los poderosos. En una carta abierta dirigida al gobernador Gildardo Magaña, acusó a los miembros de la Cámara de Comercio de Michoacán de conducta arbitraria con motivo de la huelga de los estibadores. Estos trabajadores habían sido golpeados por los guardias; sus familias, insultadas; y las banderas rojinegras, símbolo de la revolución social, arrancadas. Tales hechos representaban, a su juicio, una burla y un escarnio de la Revolución y del socialismo. Reprochó al gobernador su política proteccionista hacia los grupos reaccionarios, con los que pretendía ganarse simpatías para utilizarlas en su campaña política. Con esa actitud, afirmaba, el gobernador había puesto en peligro a la Revolución. “Es preciso —escribía— consolidar la unidad de la clase obrera, por encima de las ambiciones personales que se tengan. Si la huelga se pierde, los obreros y sus familias quedarán reducidos a la miseria más espantosa, y esto será un fuerte golpe al movimiento revolucionario de Michoacán”. Pidió al gobernador apoyo para la huelga de los estibadores, lealtad a la Revolución y castigo para los dirigentes de la Cámara de Comercio.
De igual manera, se sumó a la huelga de los cargadores, macheteros y acarreadores de la estación del ferrocarril de Morelia. Las condiciones de trabajo de este sector eran inhumanas e injustas, además de contravenir la Ley Federal del Trabajo. No existían contratos laborales entre comerciantes, almacenistas y fabricantes, por una parte, y los cargadores, por otra. Los salarios eran irrisorios y no había servicios médicos, indemnización para quienes sufrieran accidentes de trabajo, descanso semanal ni vacaciones obligatorias. Desgraciadamente, los patrones se negaron a firmar el contrato colectivo de trabajo. La Cámara de Comercio organizó una contrahuelga con trabajadores sindicalizados y la Junta de Conciliación y Arbitraje declaró inexistente la huelga de los cargadores.
En noviembre de 1939, Juan Hernández Luna redactó una respuesta al periodista Juan Abarca Pérez, de El Heraldo Michoacano, a raíz de los ataques que éste dirigió contra la Universidad Michoacana. Asumió entonces el papel de defensor de la institución porque, según expresó, “sentía latir en lo más íntimo de su ser la dignidad universitaria, mancillada por la calumnia y el embuste de los farsantes”. Criticó a la prensa burguesa por considerarla aduladora de los poderosos. Asimismo, adoptó una posición política favorable a Manuel Ávila Camacho, a quien veía como continuador y defensor de la obra de Lázaro Cárdenas y de la marcha hacia el triunfo de la Revolución social. Afirmaba que “la juventud nicolaita, fiel a su tradición, quiere ver florecer en México esos valores humanos y justos que la Revolución lleva en su seno”.
Pugnaba por una universidad nueva, estructurada conforme a ideas avanzadas y capaz de ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad. Una universidad que fuera complemento del Estado y que formara técnicos al servicio de la comunidad. Defendía una vida universitaria vinculada con la realidad social y no una institución dominada por la demagogia, donde imperaran la reacción, la ignorancia y la mediocridad. Anhelaba una universidad renovada que destruyera los vicios y las inmoralidades que corrompían la conciencia de los jóvenes; una universidad en la que las manifestaciones de rebeldía, de pensamiento limpio y de conducta honesta no fueran sofocadas a cambio de un empleo; una universidad donde las autoridades no educaran a los jóvenes en la hipocresía, la traición, la adulación y el servilismo.
Una universidad en donde los jóvenes fueran verdaderos revolucionarios en el pensamiento universitario.
Con esos ideales de renovación, Juan Hernández Luna publicó, junto con José Cortés Marín, José Molina Marín, Jesús Bustos y Roberto Nieto, la revista Universidad, órgano de la Academia Fausto. En los números 1 y 2 de esta publicación hicieron un llamado al despertar de maestros y alumnos para emprender una liquidación del pasado, una revisión del presente y una edificación del porvenir. Consideraban que la Universidad se encontraba acartonada en una vieja tradición, infecunda y enferma; le faltaba entusiasmo y requería urgentemente una reforma, concebida como el único deber y la única empresa digna de las falanges estudiantiles de su tiempo. Sostenían que la reforma universitaria en Michoacán tendría que inspirarse en la realidad política y social del estado, partiendo de un análisis de los usos y prácticas existentes en la casa de estudios, con el fin de determinar si éstos respondían satisfactoriamente a las necesidades que dicha realidad planteaba. Para que la reforma fuera efectiva, afirmaban, era necesario destruir los usos existentes y reemplazarlos por otros nuevos que permitieran cumplir la misión de la Universidad y responder al bienestar de la comunidad michoacana. Entre las propuestas que este grupo impulsaba se encontraban la autonomía universitaria, la implantación de nuevas cátedras, la libre docencia, la libertad de cátedra, la extensión universitaria y la creación de centros de estudio en las distintas facultades. Asimismo, consideraban indispensable plantear la autonomía como un medio para organizar y estructurar las universidades del país, de manera que respondieran mejor a su misión y al bien de la comunidad nacional.²?
Todas estas inquietudes estudiantiles culminaron en la reforma universitaria de 1939, durante el gobierno revolucionario del general Gildardo Magaña. Ese día, los estudiantes recorrieron las calles en señal de júbilo en una vistosa manifestación de antorchas que desfiló por la ciudad, celebrando el entierro de la antigua ley universitaria y lanzando vivas a la reforma universitaria, a la universidad socialista, al gobernador Magaña, al presidente Cárdenas y a la Revolución.²¹ La Universidad Michoacana había conquistado su independencia y autonomía después de largas luchas.
Durante sus años estudiantiles y de formación académica, Juan Hernández Luna ocupó diversos cargos universitarios. Fue profesor de Sociología en el Colegio de San Nicolás; dos años más tarde desempeñó el cargo de Oficial de la Cuarta Sala del Supremo Tribunal de Justicia, en sustitución de Lauro Pallares. También fue profesor de Civismo en primero y segundo años de Secundaria, profesor del Seminario de Historia de la Filosofía en el Colegio de San Nicolás, profesor de Civismo de tercer año en las secciones de Secundaria y en la Escuela Normal, y jefe del Departamento de Extensión Universitaria, en sustitución del licenciado David Franco Rodríguez.²²
Un acontecimiento que habría de cambiar su vida dentro del ámbito universitario fue el suscitado en la Escuela Secundaria Nicolaita de San José, donde impartía la asignatura de Civismo. Es el propio Juan Hernández Luna quien describe estos hechos en un apunte autobiográfico:
1939... Tenía entonces veintiséis años de edad. Cursaba el cuarto año de la carrera de Leyes en la Escuela de Jurisprudencia de la Universidad Michoacana. Era profesor de Sociología en el Colegio de San Nicolás, donde explicaba en cátedra el libro Sociología Genética y Sistemática, del maestro Antonio Caso, y profesor de Civismo en la Escuela Secundaria Nicolaita que funcionaba en el ex Seminario de San José, empleando para la enseñanza de esta asignatura los Apuntes de Civismo redactados por el licenciado Leopoldo Gallegos. El gobierno del estado de Michoacán había cedido este edificio a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo para la instalación de dicha escuela, ocupando inicialmente únicamente los salones del primer patio.
El segundo patio del inmueble había sido invadido, a la usanza de los paracaidistas, por la Logia Masónica Obreros Unidos Número 13, fundada por el general Lázaro Cárdenas cuando era gobernador del estado, con el propósito de renovar la decadente Logia Melchor Ocampo, de larga tradición en Morelia.
Daba mi clase de Civismo en la mencionada escuela del edificio de San José los martes y jueves, de las 15:00 a las 16:00 horas. El martes 4 de julio de ese año iba a iniciar la exposición de mi clase cuando uno de mis alumnos, Agustín Arriaga, secretario general de la Sociedad de Alumnos de la Secundaria, me pidió, en representación de sus compañeros, que les hablara de la Logia Masónica que funcionaba en la escuela.
Para comprender por qué mis alumnos deseaban que les hablara de los masones de San José, hay que considerar, ante todo, el estado en que se hallaba el edificio donde funcionaba la escuela en ese momento. La parte del edificio que ocupaba la escuela comprendía un patio y unas cuantas aulas húmedas, ensalitradas, de paredes sucias, techos de vigas en mal estado, pisos de ladrillo desgastados y mobiliario de madera deteriorado, donde los profesores impartíamos clases y los alumnos las recibían con bastante incomodidad. La población estudiantil había aumentado considerablemente, por lo que era urgente mejorar esas aulas y disponer de otras para alojar a los nuevos alumnos.
En la otra parte del edificio, ocupada por la Logia Masónica, había un segundo patio, un salón principal donde estaba instalado el templo de la Logia y tres salones adyacentes. No obstante ser la mejor parte del inmueble, esos espacios, con excepción del templo, se hallaban abandonados, llenos de basura y con olores a orina y excremento, constituyendo un verdadero foco de infección.
Algunos estudiantes pensionados que vivían en el establecimiento habían padecido ya, a causa de ese desaseo, enfermedades como la escarlatina y la tifoidea. El director, los profesores y la Sociedad de Alumnos de la escuela habían presentado varias solicitudes al jefe de la Logia, al rector y al gobernador para que se desocupara esa parte del edificio; sin embargo, nunca fueron atendidos. Ni siquiera los masones habían permitido que los estudiantes asearan el patio y los salones. Tal era el estado material del edificio donde funcionaba la Escuela Secundaria Nicolaita de San José cuando mis alumnos de Civismo me pidieron que les hablara de la mencionada logia masónica.
En las palabras que improvisé, dije que la necesidad que tenía la escuela de ocupar esos salones para alojar a los nuevos alumnos y de asearlos para prevenir enfermedades entre los estudiantes pensionados y mantener el plantel en buenas condiciones sanitarias era motivo suficiente para exigir a los masones que desalojaran la parte del edificio que indebidamente ocupaban. Pero existía, además, otro motivo tan poderoso como los ya mencionados para obligarlos a hacerlo. Ese motivo era la intromisión que aquella Logia venía ejerciendo en los asuntos internos de nuestra Universidad. Revelé a mis alumnos que dicha intromisión había comenzado mediante el reclutamiento de los mejores profesores y estudiantes del Colegio de San Nicolás y de la Escuela de Leyes, ofreciéndoles empleos y prebendas para que ingresaran a ella. A quienes conseguían entusiasmar con esas promesas los iniciaban en sus misterios, llevándolos por la noche al templo donde realizaban sus tenidas, instalado en el salón principal del segundo patio del edificio de San José. Con una venda en los ojos los ponían a meditar frente a una mesa sobre la que descansaba una calavera; les ordenaban escribir lo que pensaban acerca del bien y del mal; y después, ante los grandes jerarcas, maestros y aprendices masones, les entregaban un mandil adornado con los símbolos de la escuadra y el compás.
Mediante estos procedimientos, la Logia había conseguido incorporar a sus filas a los profesores Alberto Coria, Alberto Bremauntz, Agustín Leñero, José Márquez Barajas, Gustavo Ávalos Guzmán, Gabino Vázquez, Jesús García Tapia, Rafael García de León y Jesús Ramírez Mendoza; así como a los estudiantes Carmen y Emeterio Maldonado, Ruperto Martínez, Jesús Vázquez, Luis Marín Pérez, Luis M. Campos, Esteban Figueroa, Antonio Arriaga y Servando Baca Gutiérrez, entre otros.
El ingreso de estos universitarios a la Logia le dio el prestigio que justamente buscaban los jerarcas de la masonería, a la vez que la dotó de suficiente poder político para conseguir que sus miembros ocuparan puestos de primer orden en el gobierno. Gabino Vázquez fue gobernador del estado; Agustín Leñero y Jesús Ramírez Mendoza, secretarios de Gobierno; Rafael García de León, magistrado; Alberto Coria, Alberto Bremauntz y José Vázquez, diputados; Gustavo Ávalos Guzmán, jefe del Departamento de Agricultura; Salvador Amezcua, inspector de Policía de Morelia; y Domingo Rubio, presidente municipal de Morelia.
Después de este reclutamiento de profesores y estudiantes —señalé a mis alumnos— quedó allanado el camino para que esta Logia Masónica interviniera en la vida docente y administrativa de nuestra Universidad, proponiendo y recomendando candidatos masones para los cargos de rector, regente, director, profesor y empleado.
Les recordé que, en los años en que el doctor Jesús Díaz Barriga había sido rector de la Universidad, esta Logia había traído de la Ciudad de México a los masones Campistro de Cáceres y Montes de Oca, presionando al rector para que los designara profesores de Filosofía y Psicología en el Colegio de San Nicolás. Su enseñanza, afirmé, había sido mediocre, muy inferior a la que años antes habían impartido Aníbal Ponce y Manuel Moreno Sánchez.
Les indiqué también que esta Logia había aprovechado la condescendiente debilidad de carácter del rector Díaz Barriga para instalar, dentro del Colegio de San Nicolás, una zapatería y una peluquería, procurándose beneficios económicos sin aportar ninguno a la Universidad. Además, utilizaban esos establecimientos para continuar reclutando estudiantes adeptos a la masonería.
La intervención de la masonería en la Universidad —hice notar a mis alumnos— era particularmente visible en los actos luctuosos del 3 de junio, aniversario de la muerte de don Melchor Ocampo, que cada año organizaba el Consejo Estudiantil Nicolaita en el Salón de Actos del Colegio de San Nicolás. En ellos siempre participaba un orador masón, llevando un óleo de Ocampo y una manta con la leyenda: “Esta muerte pagaréis mañana, malditos asesinos de sotana”.
Terminé diciendo que la Universidad Michoacana estaba en vísperas de elecciones para rector y que el grupo de exrectores y políticos masones radicados en la Ciudad de México, en contubernio con los masones morelianos incrustados en el gobierno y en la propia Universidad, estaban aprovechando la ocasión para llevar a la Rectoría a un masón y colocar a otros en puestos clave de la institución. Sin embargo, señalé que los nicolaítas no debíamos permitir que la masonería influyera en la designación del próximo rector. No debíamos permitirlo porque la nueva Ley Orgánica de la Universidad Michoacana concedía a los estudiantes el derecho de nombrar a sus propias autoridades. Permitirlo equivaldría a nulificar los principios de democracia universitaria contenidos en dicha ley.
Invité a la Sociedad de Alumnos de la Escuela Secundaria Nicolaíta de San José, que me había solicitado hablar sobre los masones, a desalojar sin miedo y con valentía a la Logia Masónica Obreros Unidos Número 13. Les recomendé que procedieran de manera ordenada y que enviaran los muebles y ornamentos propiedad de la Logia al presidente municipal de Morelia, profesor y venerable maestro Domingo Rubio. Parece que mis palabras impresionaron a mis alumnos, porque inmediatamente se dirigieron en masa al salón donde los masones realizaban sus tenidas, encerrándose —según afirmé— como lo hacían los miembros del Ku Klux Klan para tramar sus intervenciones deshonestas en la vida de nuestra Universidad y privar de su libertad a profesores y estudiantes. Los alumnos rompieron el candado, las instalaciones eléctricas y telefónicas, y desalojaron los muebles, ornamentos y demás enseres. Los colocaron en la mitad del patio y posteriormente los enviaron, en un camión de transporte, a la Presidencia Municipal.
No obstante que todo se hizo en forma ordenada, dos horas después el venerable maestro Rubio, acompañado de varios pistoleros, se presentó en la Escuela Secundaria y, tras hacer descargar los enseres del rito de su Logia, con una pistola calibre .45 en la mano insultó y amenazó al profesor Juan Díaz Vázquez, director de la escuela, y a su secretario, el profesor J. Trinidad Valdés. En presencia de numerosas señoritas estudiantes profirió frases obscenas, indignas de un presidente municipal y venerable maestro de una Logia, diciendo, entre otros insultos, que a él no lo asustaban ni le daban órdenes “estudiantillos reaccionarios, pendejos e hijos de la chingada”.
Por la noche del mismo día en que se llevó a cabo la operación contra los masones, el licenciado Natalio Vázquez Pallares, rector de la Universidad Michoacana; el licenciado José Cortés Marín, secretario general de la misma; y el pasante de Derecho David Franco Rodríguez, jefe del Departamento de Extensión Universitaria, me esperaban frente a la casa de mi novia.
—Despídete de ella —me dijeron—. Tenemos que hablar seriamente. Venimos de Palacio de Gobierno. El gobernador, don Arnulfo Ávila; el secretario de Gobierno, licenciado Jesús Ramírez Mendoza; y el presidente municipal, Domingo Rubio, nos citaron con urgencia para tratar lo del asalto a la Logia ocurrido esta tarde en la Secundaria de San José. Están molestos y quieren que se investigue al responsable y se le expulse. Aún no saben quién fue, pero aseguraron que mañana lo buscarán y lo meterán a la cárcel. Nosotros sabemos que tú fuiste el autor intelectual y que provocaste ese atropello. Pero, aunque nos has creado un serio problema, somos tus amigos y pensamos que debes ausentarte por algún tiempo de la Universidad y de Morelia.
Tenemos una solución. La Casa de España en México ha ofrecido a la Universidad una beca para un estudiante que desee estudiar Filosofía en México. Tú has querido realizar esos estudios desde hace tiempo y ésta es la oportunidad para hacerlo. Si aceptas, conviene que salgas hoy mismo para México en el tren que pasa a las nueve.
En realidad, desde que terminé la preparatoria se despertó en mí la inquietud por el estudio de la filosofía. El curso de Ética y de Doctrinas Filosóficas impartido por Manuel Moreno Sánchez; los cursos de Ética y Sociología de Aníbal Ponce; los breves cursillos que habían venido a impartir al Colegio de San Nicolás José Gaos y Luis Recaséns Siches; así como el curso anual de María Zambrano y las lecturas de algunas obras de José Ortega y Gasset, Max Scheler, Franz Brentano, Oswald Spengler, Nikolái Berdiáyev y de las historias de la filosofía de Karl Vorländer y August Messer, habían despertado en mí esa inquietud y el deseo de dedicarme al estudio de esta disciplina.
No había podido realizar ese deseo porque la Universidad Michoacana no contaba entonces con una Escuela de Filosofía. Considerando todo ello, acepté sin titubeos la amistosa proposición de mis amigos y, después de agradecerles y despedirme de mi novia y de mi familia, salí de mi casa con la intención de trasladarme a la Ciudad de los Palacios.
Pero no pude realizar el viaje aquella noche. Me lo impidió el encuentro, en la estación del ferrocarril, con el periodista Antonio Vargas McDonald, exnicolaita y buen amigo, quien se encontraba de vacaciones en Morelia. Mientras el tren llegaba de Uruapan, conversamos sobre los motivos que me obligaban a salir de Morelia y los propósitos que me llevaban a la Ciudad de México. Su conversación me hizo comprender la responsabilidad que tenía de no abandonar a mis alumnos en su movimiento y que mi deber consistía en suspender aquel viaje. A mi amigo McDonald le pareció acertada esta decisión.
—No lo suspenderás —me dijo—, únicamente lo aplazarás un par de semanas. Yo tengo que regresar a México y entonces nos iremos juntos en mi automóvil. Como no conoces la ciudad ni tienes dónde alojarte, podrás instalarte unos días en un pequeño departamento que Andrés Henestrosa y yo tenemos cerca del Monumento a la Revolución, mientras encuentras una casa de asistencia. Acepté el ofrecimiento y regresé a mi hogar.
Al día siguiente me comuniqué por teléfono con los líderes del movimiento. Nos reunimos en mi casa, ubicada en la avenida Morelos Norte número 607. Les informé de la conversación que había sostenido la noche anterior con el rector y sus acompañantes, así como de la beca que me habían ofrecido para estudiar Filosofía en México. Les recomendé mantener en secreto mi viaje pospuesto.
Ellos me relataron los sucesos de la tarde anterior y resolvimos redactar un manifiesto para protestar por la conducta insolente del masón Domingo Rubio y explicar a la comunidad universitaria y a la sociedad los propósitos que habían movido a los estudiantes de la Escuela Secundaria de San José a desalojar a la Logia Masónica Obreros Unidos Número 13.²³
Del manifiesto que redactaron y que no se publicó por falta de recursos económicos, destacan los siguientes aspectos:
Protestamos por las inconsecuencias y atropellos cometidos la tarde de ayer por el señor Rubio, por su mala fe y por la dolosa intención que ha puesto de manifiesto al dar a nuestro movimiento una interpretación que no tiene. El señor Rubio y los estudiantes masones que hay en la Universidad se han empeñado en difundir, en los círculos políticos y en las esferas oficiales del Gobierno, que el movimiento iniciado por nosotros es reaccionario y que fue emprendido por estudiantes católicos dirigidos por el clero.
No nos extraña esta actitud del señor Rubio ni de los estudiantes masones que lo siguen, porque desde hace tiempo existe en Michoacán una costumbre perversa, practicada por los políticos profesionales, consistente en tergiversar la verdad de los hechos, calificando de reaccionarios y clericales precisamente a aquellos movimientos juveniles que, por su sinceridad y la nobleza de sus propósitos, se dirigen a protestar contra los actos arbitrarios y la conducta inmoral de los políticos.
Esta conducta perversa fue puesta de moda por el sistema demagógico callista de los últimos años, así como por el régimen reaccionario del gobierno de Serrato. Los estudiantes del Colegio de San Nicolás hemos sufrido en numerosas ocasiones los efectos de esas maniobras falseadoras de los hechos, de carácter callista y demagógico, puestas en práctica por gobiernos conservadores para sofocar los movimientos legítimos de la juventud.
Así, en 1933, con motivo de una huelga organizada contra una autoridad malquista, los estudiantes nicolaitas fuimos víctimas de esa tendencia a deformar los hechos, pues también entonces se nos acusó, como ahora, de ser reaccionarios y de actuar bajo la influencia del clero. De igual manera, en 1934, con motivo de un movimiento dirigido contra un exrector que, con el propósito de implantar el fascismo en la Universidad, concibió la ocurrencia de uniformar a los estudiantes con camisas rojas, fuimos nuevamente calificados de clericales y reaccionarios.
Lo mismo aconteció durante el movimiento de Reforma Universitaria de los últimos meses, cuando nuestros adversarios recurrieron a la mezquina maniobra de calificar nuestro movimiento como reaccionario y clerical. Por ello, no nos sorprende la conducta del señor Rubio ni de los estudiantes masones que se prestan a sus propósitos, al haber comenzado a calificarnos de reaccionarios y clericales. Con esta actitud, el señor Rubio no hace más que sumarse a la cadena de prevaricadores callistas, mientras que los estudiantes masones que lo secundan traicionan a su condición estudiantil y a la ideología del Colegio de San Nicolás, pues antes de ser miembros de una secta secreta son estudiantes, y como tales están obligados a cumplir, en primer término, los deberes y obligaciones que la Universidad les impone.
Protestamos enérgicamente contra esta perversa costumbre de desvirtuar el sentido y la sana intención de los movimientos estudiantiles, no sólo del presente, sino también de todos aquellos que en el futuro sean bastardizados y mixtificados por estos enemigos de la juventud, apóstoles de la mentira, promotores de la maldad y profesionales de la intriga.
Al iniciar nuestro movimiento, lo hicimos movidos exclusivamente por propósitos pedagógicos, educativos y docentes, encaminados únicamente a conseguir un ambiente material más digno, amplio e higiénico en donde recibir nuestra enseñanza. No creímos que nuestros enemigos fueran a mezclar con nuestros propósitos sanos y nobles los intereses de la política y de la demagogia, encubriéndolos bajo el señuelo de una ideología y de una revolución de las cuales los estudiantes del Colegio de San Nicolás hemos sido, desde antaño, sus más celosos defensores, mientras que nuestros adversarios sólo las invocan para conseguir empleos y medrar mejor en los puestos públicos.
Pero ya que de ideología y de revolución se trata, juzgamos pertinente definir nuestra actitud ideológica y revolucionaria ante esas instituciones de la masonería. La historia de nuestro país nos dice que las logias masónicas han tenido actuaciones diversas en relación con nuestros movimientos sociales. Su conducta, en ocasiones, ha sido verdaderamente revolucionaria, pues han participado incluso con contingentes de sangre en nuestros movimientos reivindicatorios; pero, en otras, la actitud de las logias ha sido absolutamente conservadora y reaccionaria, ya que, lejos de abrir camino al desarrollo de nuestro proceso revolucionario, se han aliado con el clero, los latifundistas y los capitalistas extranjeros para traicionar nuestra revolución y vender nuestro territorio.
Como ejemplos que comprueban la conducta reaccionaria de algunas logias, tenemos la intervención abierta y franca que tuvieron durante la época del traidor Iturbide, proclamándolo emperador de México; la intervención encaminada a provocar el desmembramiento de Texas de nuestro territorio; su apoyo decidido al régimen despótico del Imperio creado por el imperialista Maximiliano de Habsburgo; su colaboración privilegiada con el régimen de explotación del dictador Díaz; y su contubernio con el clero católico para ensangrentar al país valiéndose de Victoriano Huerta, entre otros casos.
Como ejemplos que comprueban la actuación verdaderamente revolucionaria de algunas logias figuran la participación que tuvieron en el movimiento de Reforma, en el que prestaron franco y decidido apoyo al Benemérito de las Américas, Benito Juárez; su actitud valiente en el movimiento reivindicatorio de 1910 iniciado por don Francisco I. Madero, que derrumbó el régimen carcomido del porfirismo; y el apoyo decidido que han brindado a la política antimperialista y de respaldo a las masas trabajadoras emprendida por el general Cárdenas. Es de esta doble actitud que, frente al problema de la Revolución, han asumido las logias en México, de donde partimos para definir nuestra posición ideológica ante ellas.
Nosotros, los estudiantes, por la tradición verdaderamente revolucionaria con que cuenta nuestro Colegio y por la conciencia que tenemos de que nuestro destino es estar siempre al lado de las masas trabajadoras y de la Revolución, declaramos que estamos contra todas las logias que, a través de la historia, han sostenido ideas conservadoras y han desplegado actitudes traidoras a la patria; y que, por el contrario, estamos con aquellas logias que han asumido una actitud revolucionaria, con las que han abierto paso a las ideas avanzadas y al futuro de la Revolución Social.
Y lo que declaramos sobre la conducta pasada de las logias a través de la historia de México, lo declaramos también respecto de la actuación que en el futuro tengan estas mismas instituciones:
ESTAREMOS LOS ESTUDIANTES CON LAS LOGIAS CUANDO ÉSTAS ESTÉN CON LA REVOLUCIÓN, CON LOS TRABAJADORES, CON LA REVOLUCIÓN SOCIAL Y CON LA CULTURA; PERO ESTAREMOS CONTRA ELLAS CUANDO ASUMAN ACTITUDES DE TRAICIÓN A LA PATRIA, DE DEFENSA DEL PASADO, DE CONSERVACIÓN DE INSTITUCIONES CARCOMIDAS Y DE ATENTAR CONTRA LA CULTURA, INTERRUMPIENDO LA MARCHA DE LOS PLANTELES EDUCATIVOS.
Y ahora que los hechos ya se han consumado, sépanlo nuestros enemigos: los estudiantes de la Escuela Secundaria no daremos un paso atrás hasta conseguir lo que nos hemos propuesto, porque estamos convencidos de que nuestra conducta está inspirada en el noble propósito de disponer de un ambiente decoroso y digno de un plantel educativo.
Si, a pesar de la justicia que nos asiste, no merecemos simpatía ni encontramos justificación en las esferas sociales y en los círculos políticos, no nos importa. Que quede ahí nuestra conducta, tal como se ha realizado, con su firme decisión, para que algún día constituya el fiel testimonio de una generación que supo desafiar el temor y la arbitrariedad de una secta secreta por el bien de su escuela y por el bien de la educación secundaria en Michoacán.²?
El Heraldo de Michoacán publicó la noticia con el título: “Logia masónica que fue asaltada por estudiantes”. El periodista calificó el desalojo de los salones como un procedimiento arbitrario e injustificado, y conminó al rector de la Universidad a dar una explicación sobre estos sucesos y a determinar si era posible reparar los daños ocasionados. El director del periódico, don Juan Abarca Pérez, pertenecía a la logia afectada y por ello se manifestó en contra de los estudiantes, calumniándolos y atribuyéndoles hechos falsos. Por su parte, el rector de la Universidad Michoacana envió al Heraldo una carta aclaratoria en la que manifestaba estar dispuesto a erogar los gastos que requiriera el acondicionamiento de una casa que la propia Logia pudiera rentar, con el fin de que la Universidad resolviera su problema de falta de espacio y, al mismo tiempo, la Logia pudiera desarrollar sus funciones con absoluta independencia y sin molestias. Estas declaraciones del rector provocaron el rechazo de los estudiantes, quienes observaron que, en lugar de apoyarlos, se mostraba partidario de los masones y ofrecía pagar la renta de una casa sin tomar en cuenta el raquítico presupuesto con que contaba la Universidad ni los bajos salarios de profesores y empleados. Los estudiantes se preguntaron por qué el rector Pallares mostraba tal generosidad con los masones y por qué no había ayudado económicamente a la Sociedad de Alumnos para realizar las reparaciones urgentes que requería el edificio de la Escuela de San José. Quedó entonces la interrogante de si la Logia Masónica había presionado al rector para que proporcionara esa ayuda económica o si el propio rector pertenecía a la masonería.
Después de estos acontecimientos, Juan Hernández Luna partió a la Ciudad de México, donde se entrevistó con don Alfonso Reyes, presidente de La Casa de España en México, y le entregó la siguiente solicitud:
México, D.F., a 12 de marzo de 1940
Señor: Alfonso Reyes
Presidente de la Casa de España
En México
Av. Madero No. 32
México, D.F.
Distinguido Maestro:
Siendo usted la persona más indicada para comprender los problemas de la cultura nacional, no sólo por el alcance y la trascendencia de su obra literaria, sino también por el puesto que actualmente ocupa en La Casa de España en México, me siento animado a exponerle algunas reflexiones sobre uno de los asuntos más delicados de la enseñanza superior en nuestro país.
En los últimos tiempos, la Universidad Nacional de México ha venido considerando como objetivo primordial de sus actividades la capacitación para el ejercicio de las profesiones liberales, relegando a un segundo término el cultivo de las cuestiones especulativas. Ésta es, sin duda, una de las causas que explican el fenómeno de debilitamiento que día a día viene sufriendo el patrimonio espiritual de nuestra patria, pues cada vez más las generaciones universitarias se ocupan de la técnica profesional y cada vez menos de las actividades filosóficas.
Este aspecto de la enseñanza superior adquiere proporciones todavía más graves en las universidades de provincia, donde las escasas comunicaciones intelectuales, la deficiencia docente, la pobreza bibliográfica de los centros de estudio y la falta de estímulos alejan al estudiante de toda posibilidad seria de adquirir conocimientos más allá del aspecto puramente técnico de su profesión. Si a esto se agrega la atracción que la política electoral ejerce sobre el ánimo de los jóvenes, casi podría afirmarse que existe el peligro de que las disciplinas filosóficas lleguen a olvidarse por completo.
Esta afirmación, que pudiera parecer apresurada, la fundamento en la observación directa de la Universidad Michoacana, donde el fenómeno señalado ha comenzado ya a mostrar resultados desfavorables. Durante años de estudio en aquel centro de cultura he podido observar cómo el estudiante se dedica fundamentalmente a obtener, sin mayores esfuerzos, su título profesional, a conseguir una situación burocrática favorable y a intervenir constantemente en las lides políticas, sin preocuparse por la especulación filosófica.
En algunos casos, los asuntos de la filosofía son considerados, a lo sumo, como algo puramente decorativo; como una actividad de lujo dentro de la formación cultural que puede llegar a adquirir el universitario. Esta apreciación constituye una prueba inequívoca de la situación a la que ha llegado este aspecto de la cultura en Michoacán y de lo que podría ocurrir en el resto del país si no se le pone un remedio inmediato y eficaz.
Afortunadamente para el porvenir de la cultura mexicana, un grupo selecto de intelectuales se ha percatado ya de la gravedad del problema que analizo. Y ha sido precisamente La Casa de España en México, que tan atinadamente usted dirige, la que con admirable desinterés ha comenzado a señalar una solución efectiva.
Desde luego, Michoacán puede sentirse orgulloso de los méritos incalculables de esta magnífica iniciativa. No otra cosa significan los cursillos de filosofía que se han impartido allí por algunos de los más distinguidos miembros de La Casa de España. A través de las brillantes conferencias sustentadas por los maestros Recaséns Siches, José Gaos, Medina Echeverría, Lafora, Juan de la Encina, Díez-Canedo, Giral, María Zambrano y otros, la juventud de Michoacán ha vuelto a interesarse por las corrientes del pensamiento científico y filosófico.
Sin ninguna jactancia, puedo asegurar categóricamente que los cursillos de La Casa de España en México han producido en Michoacán resultados altamente benéficos. Gracias a ellos ha renacido la afición y la inquietud espiritual por buscar nuevas rutas en los horizontes intelectuales de México.
Sin embargo, los resultados obtenidos, aunque meritorios, no bastan para que la obra emprendida cristalice definitivamente. El entusiasmo que se ha logrado despertar puede enfriarse en cualquier momento si no existe quien continúe alimentándolo. Será indispensable, en consecuencia, que esta inquietud naciente se oriente y encauce de manera definitiva hacia un proceso constante de desarrollo.
La labor de los intelectuales españoles ha marcado ya el inicio de la solución del problema; sin embargo, existe la posibilidad de que este propósito se vea truncado si las personalidades españolas que hoy nos honran con su presencia se ven obligadas a abandonar el país. De ahí la necesidad impostergable de prevenir tal circunstancia preparando, dentro de nuestras posibilidades, al elemento humano nacional que pueda prolongar en el futuro la obra intelectual iniciada por España.
Como antes indicaba, los cursillos organizados por esa institución cultural han despertado en Michoacán un profundo entusiasmo por los estudios filosóficos entre un grupo de jóvenes universitarios. Entre ellos, aunque quizá entre los últimos, me cuento circunstancialmente yo, movido por el deseo de aprovechar la acción cultural de España. He venido a esta ciudad con la intención de encontrar la manera de emprender estudios serios en el campo de la filosofía.
No quiero decir con esto que sea yo el más indicado dentro de la actual generación michoacana para realizar esta tarea; pero mi afición a estos estudios me ha impulsado, sin vacilación alguna, a intentarlo.
En atención a los propósitos anteriormente delineados, recurro a usted con todo respeto para solicitar su valiosa ayuda. Quisiera suplicarle que, mediante su intervención, La Casa de España en México me otorgara, si ello fuera posible, una plaza de becario para iniciar estudios de doctorado en Filosofía en esta capital durante el tiempo que sea necesario para realizarlos.
Me veo obligado a solicitar esta ayuda económica porque carezco de recursos personales para cubrir los gastos que tales estudios implican.
Mucho agradeceré la protección que La Casa de España en México pueda brindarme y, por mi parte, prometo poner todas mis modestas capacidades, así como la dedicación y el esfuerzo necesarios, para no defraudar la confianza y el apoyo que se me concedan.
Mi mayor deseo es recoger, aunque sea en parte, el acervo de conocimientos que España trae consigo, para transmitirlo posteriormente, dentro de mis limitadas posibilidades, a las generaciones michoacanas con las que me corresponda convivir. Todo aquello que logre asimilar durante mis estudios en esta capital lo llevaré a mi provincia como prueba irrefutable de la enseñanza recibida de España, que me habrá dado la oportunidad de convertirme en un universitario auténtico.
Esperando que, con la gentileza que le caracteriza y la bondad que ha demostrado para con los michoacanos, atienda usted esta petición, le anticipo mi más alta gratitud y mi sincera admiración.
Atentamente,
Juan Hernández Luna
—————————
Respuesta de La Casa de España en México al Dr. Juan Hernández Luna:
LA CASA DE ESPAÑA EN MEXICO
Fundada por el Presidente de México,
LAZARO CARDENAS
Bajo el patronato de Alfonso Reyes, Presidente,
Eduardo Villaseñor,
Enrique Arreguín jr.
Daniel Cosío Villegas
Secretario Número 249.
Av. Madero 32
México, D.F
1.47-61
2-22-09
Cable: Espamex
México, D.F.
16 de marzo
de 1940
Señor don Juan Hernández Luna,
Ciudad.
Muy distinguido y buen amigo:
Conforme en un todo el Patronato de La Casa de España en México con su solicitud del día 12 del actual y con las excelentes razones que la fundamentan, me complazco en manifestarle que ha acordado concederle una beca para la continuación de sus estudios de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de México, bajo las siguientes condiciones:
1°. Inscripción regular para cursar la licenciatura en la respectiva Facultad de la Universidad de México.
2°. Consagración exclusiva a estos estudios, además del aprendizaje de los idiomas indispensables para la formación filosófica, particularmente el latín y el alemán.
3°. Obligación por parte de usted de regresar, una vez terminada su licenciatura en México, a la Universidad de Morelia para hacerse cargo de la cátedra de Filosofía por un plazo no menor de dos años.
4°. El miembro de La Casa de España en México, doctor don Joaquín Xirau, quedará encargado de dirigir sus estudios y, además, usted lo auxiliará como ayudante en las labores que él le señale.
5°. Se le concede una beca de $150.00 (ciento cincuenta pesos) mensuales hasta diciembre de 1940 inclusive, susceptible de renovarse por un año más si, como es de esperar, los resultados de sus estudios son satisfactorios.
Lo saluda muy cordialmente su atento amigo y seguro servidor.
AR. ESS.26
El Presidente,
Alfonso Reyes
Al concedérsele la beca de La Casa de España en México, el doctor Joaquín Xirau sería el encargado de dirigir sus estudios, y Juan Hernández lo auxiliaría como ayudante en las labores que le fueran encomendadas.
“Nunca —dice Juan Hernández— había oído hablar del maestro Xirau. Desconocía por completo su personalidad. Las primeras noticias sobre él me las dio don Alfonso Reyes. Cuando fui a darle las gracias, me informó que el maestro Xirau provenía de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona; que había sido decano y profesor de Filosofía y Pedagogía en dicha facultad; que había formado numerosos y distinguidos discípulos; que había influido en varios rectores de esa universidad y en la cultura y la política catalanas; que representaba el nexo personal y doctrinario entre la Facultad de Filosofía barcelonesa y la Facultad de Filosofía de Madrid, entre la escuela filosófica castellana y la escuela filosófica catalana, los dos centros filosóficos más importantes de España; que su postura a favor de la República Española, tras la caída de ésta, lo había llevado a México; que desde el 5 de agosto, fecha de su llegada al país, era miembro de La Casa de España en México y profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; y que era autor de varios libros importantes, entre ellos El sentido de la verdad, Rousseau y las ideas políticas modernas, Filosofía y biología y Descartes y el idealismo subjetivista moderno. Al despedirme, don Alfonso me obsequió un ejemplar de Amor y mundo, obra del maestro Xirau que acababa de publicar El Colegio de México, institución en la que recientemente se había transformado La Casa de España en México.
La conversación con don Alfonso Reyes y el obsequio de Amor y mundo constituyeron el primer contacto intelectual con el maestro, filósofo y escritor catalán que habría de dirigir mis estudios. La noche misma en que recibí el libro lo leí íntegramente. Lo que más me impresionó entonces y lo que me impulsó a continuar su lectura hasta el final fueron los siguientes párrafos del prefacio:
“La vida íntegra de nuestro espíritu se desarrolla en un ámbito de amor. Si suprimimos el amor, desaparece su historia. La literatura, el arte, la filosofía, la religión… la cultura entera que impregna nuestra alma tiene su raíz más profunda y halla su última culminación en los anhelos de la vida amorosa.”
“Las dos piezas esenciales de nuestra estructura espiritual, la cultura grecorromana y la cultura cristiana, fundan su más alta dignidad en el cultivo de la conciencia erótica. Sócrates se declara especialista en amor. Eros impulsa y orienta la concepción de la vida del pueblo helénico. En el mundo cristiano, Dios es amor. De su fuente mana todo y todo retorna a Él. Es el principio, el medio y el fin.”
Además de estos párrafos, me impresionó profundamente el capítulo titulado Orden del amor. El amor y la jerarquía de los valores:
“La conciencia amorosa ordena y jerarquiza los valores implícitos en la percepción de las cosas. El amor ilumina los valores y es juez y señor. Por él llegamos a conocerlos y a estimarlos. Sin amor no hay valor. Una cosa situada fuera de la esfera del amor —un cosmos sin amor— sería un ser indiferente, reducible, en último término, a la ley de la inercia y a los principios de identidad y conservación. El amor es, por tanto, el valor supremo, la fuente y el origen de todo valor” (p. 157).²?
Movido por Eros, Juan Hernández regresó a su natal Morelia para contraer matrimonio con su compañera de estudios en el Colegio de San Nicolás, Paz Aragón Ruiz. De esta unión nacieron tres hijos: Juan Manuel, María de la Paz y Francisco Javier. La paciencia, comprensión, ternura y bondad de su esposa, a quien cariñosamente llamaba Pachela, le permitieron disfrutar de cincuenta años de feliz matrimonio, pese a las limitaciones económicas y las penalidades que enfrentaron en la Ciudad de México. Su alejamiento temporal de la Casa de Hidalgo no significó una ruptura con su querido Colegio de San Nicolás. Por el contrario, los vínculos permanecieron siempre vivos, pues llevaba en su ser la esencia del espíritu nicolaita, siempre dispuesto a la acción y al servicio de su universidad.
Viajaba constantemente entre México y Morelia, y en uno de esos trayectos se encontró con el licenciado Natalio Vázquez Pallares, rector de la Universidad Michoacana, quien le habló de los preparativos para conmemorar el IV Centenario de la fundación del Colegio de San Nicolás. Entonces, Juan Hernández Luna sacó de su portafolio un folleto que le había obsequiado el maestro Joaquín Xirau, filósofo catalán. Dicho folleto contenía información sobre los cursos y seminarios que durante el verano se impartían en la Universidad de Santander, España.
“En Santander, en el Palacio de la Magdalena, antigua residencia de los reyes de España —comentaba Hernández Luna a su compañero de viaje—, se desarrollan cada verano una serie de cursos y seminarios organizados por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aquel palacio se convierte en un centro cultural de carácter internacional, donde profesores procedentes de universidades de todo el mundo, expertos en las más diversas disciplinas del saber, se reúnen para transmitir a un selecto grupo de estudiantes los más recientes avances de la filosofía, la ciencia, el arte, la técnica y, en general, de la cultura humana”.
“En estos cursos, maestros y alumnos procedentes de distintos países se reúnen para dialogar e intercambiar experiencias sobre temas que no suelen abordarse en los cursos académicos ordinarios y que, por su importancia, ameritan una reflexión más profunda. Tal vez nuestra Universidad podría organizar una institución semejante, que podría llamarse Universidad de Primavera Vasco de Quiroga”.²?
Juan Hernández Luna consideraba que las circunstancias eran favorables para llevar a cabo este proyecto. En la Presidencia de la República se encontraba el general Lázaro Cárdenas, destacado michoacano, y en la Subsecretaría de Educación Pública un antiguo rector de la Universidad Michoacana, el doctor Enrique Arreguín Vélez. Respecto a los profesores que habrían de impartir los cursos, señalaba que La Casa de España en México, que reunía a algunos de los más distinguidos intelectuales españoles y mexicanos, podría proporcionarlos. La propuesta de Hernández Luna fue recibida con entusiasmo por el licenciado Natalio Vázquez Pallares, quien la transmitió al doctor Arreguín y brindó su decidido apoyo para hacerla realidad. De este modo, entre los numerosos festejos organizados por la Universidad Michoacana con motivo del IV Centenario de la fundación del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, la creación de la Universidad de Primavera Vasco de Quiroga constituyó uno de los acontecimientos culturales más relevantes. El acto contó con la presencia del general Lázaro Cárdenas y reunió a destacados intelectuales nacionales e internacionales.
La Universidad de Primavera ofreció veintitrés cursos dedicados al estudio de las ideas del siglo XX, con el propósito de revisar los avances más recientes de las ciencias y de la cultura contemporánea. Los cursos fueron impartidos por veintitrés profesores de reconocido prestigio: once españoles, once mexicanos y un estadounidense. Durante la primavera de 1940, la Universidad Michoacana logró romper parcialmente el aislamiento en que habían permanecido diversas universidades y centros culturales del país. Profesores y estudiantes procedentes de Monterrey, Guanajuato, Puebla, Guadalajara, Querétaro y otras regiones de la República Mexicana pudieron intercambiar ideas, compartir experiencias e identificarse en aspiraciones y propósitos comunes.
Asimismo, este encuentro contribuyó a renovar el ambiente intelectual de la Universidad Michoacana mediante la difusión de los avances más recientes de la filosofía, la técnica, la química, la biología, las artes plásticas, la poesía, la sociología y la psicología contemporáneas.²?
La Universidad de Primavera Vasco de Quiroga aspiraba a crear una nueva institución educativa capaz de difundir hacia el interior de la República los avances filosóficos, científicos y culturales del mundo contemporáneo, garantizando así la renovación constante de la vida intelectual del país. Su propósito era descentralizar la cultura, distribuir los valores del conocimiento en las provincias y contrarrestar la excesiva concentración de la actividad académica en la Ciudad de México, favoreciendo un desarrollo cultural más armónico en todo el territorio nacional.
El proyecto contemplaba que cada año la sede cambiara de universidad anfitriona, con el fin de fortalecer los vínculos entre las instituciones de educación superior y superar su aislamiento. Sin embargo, la iniciativa no logró consolidarse plenamente. Solamente se celebraron dos ediciones en Morelia, las correspondientes a 1940 y 1941, debido a la escasa respuesta que recibió por parte de otras universidades mexicanas.
El periódico El Nacional publicó, en catorce volúmenes de la colección Siglo XX, gran parte de la labor cultural desarrollada por la Universidad de Primavera Vasco de Quiroga. El Dr. Juan Hernández Luna publicó, en los números 36 y 37 (1987 y 1988) del Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita, dos volúmenes que recopilan los trabajos de Juan de la Encina, La nueva plástica; de Enrique Díez-Canedo, La nueva poesía; y dos estudios del Dr. Fernando de Buen: La oceanografía biológica y sus aplicaciones y Estudios sobre el lago de Pátzcuaro.
De 1940 a 1946, Juan Hernández Luna realizó sus estudios profesionales en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. El 22 de octubre de 1952 presentó su examen profesional para obtener el grado de Maestro en Filosofía con la tesis Samuel Ramos o los comienzos del filosofar sobre lo mexicano. Fue aprobado por unanimidad y obtuvo la distinción cum laude. El jurado estuvo integrado por la doctora Paula Gómez Alonso, como presidenta; Leopoldo Zea, primer vocal; Juan Manuel Terán Mata, segundo vocal; Bernabé Navarro, tercer vocal; y Manuel Cabrera Maciá, como secretario.
El 6 de mayo de 1958 presentó la tesis Génesis de la historia de la filosofía en México para optar al grado de Doctor en Filosofía. Su director de tesis fue el Dr. Samuel Ramos, con quien mantuvo una profunda relación de amistad, admiración y respeto.
Fue también Samuel Ramos quien lo nombró auxiliar en uno de sus cursos de Introducción a la Filosofía y quien posteriormente lo recomendó al director de la Escuela Nacional Preparatoria para impartir disciplinas filosóficas. Gracias a ello, Hernández Luna se hizo cargo de las cátedras de Introducción a la Filosofía y Ética, obteniendo esta última mediante examen de oposición. Por su dedicación, capacidad académica y vocación docente, fue nombrado profesor de Psicología en la Academia Mixta de Profesores y Alumnos; profesor de Lógica en la Escuela Normal para Maestros; profesor en la Escuela Normal Urbana para Maestras; y profesor de Historia de la Filosofía en México, Ética y Seminario de Filosofía Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras.
Durante los cuarenta años que residió en la Ciudad de México, Juan Hernández Luna destacó por su espíritu de trabajo y cooperación. Desempeñó diversos cargos con inteligencia y eficacia, ganándose el reconocimiento de figuras como Joaquín Xirau, Alfonso Reyes, Samuel Ramos, Francisco Larroyo y Martín Luis Guzmán.
Como secretario de la Comisión de Cooperación Intelectual de la Secretaría de Educación Pública, presidida por Samuel Ramos, participó como delegado de México en la Asamblea Internacional de Estudiantes celebrada en Washington del 2 al 5 de septiembre de 1942. La delegación mexicana estuvo integrada por Jorge Rascón Aguirre, como presidente; Juan Hernández Luna y Alfonso Zahar, estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras y profesores de la Escuela Nacional Preparatoria; así como por Antonio Rosas Sarabia.
La delegación presentó diversas conferencias sobre filosofía mexicana. Juan Hernández Luna abordó la filosofía precolonial mexicana, el racionalismo de Juan Benito Díaz de Gamarra y el positivismo de Gabino Barreda. Por su parte, Alfonso Zahar expuso temas relacionados con la filosofía durante la Colonia y las corrientes contemporáneas de la filosofía en México.
Debido a que las universidades estadounidenses se encontraban en periodo vacacional, no fue posible establecer vínculos académicos más amplios con dichas instituciones, a pesar de las gestiones realizadas por Pedro de Alba ante diversas universidades de Estados Unidos.
En el marco de la Asamblea Internacional, el presidente Franklin D. Roosevelt envió desde la Casa Blanca un mensaje dirigido a los representantes de las cincuenta y siete naciones aliadas, así como a los millones de soldados y marineros estadounidenses que combatían en los frentes de guerra. En dicho mensaje destacó la importancia de asegurar para las futuras generaciones un mundo de paz, sustentado en las libertades fundamentales: libertad de expresión, libertad de pensamiento, libertad religiosa y libertad frente a la necesidad.
Los temas que se trataron en esta Asamblea Internacional fueron: Las universidades y los estudiantes en la guerra, El fin del imperialismo, El siglo del pueblo, La paz de la independencia y Las Naciones Unidas.
Entre los puntos fundamentales sostenidos por la Delegación Mexicana en la Asamblea Internacional de Estudiantes destacan los siguientes: «Los jóvenes deben combatir todo imperialismo intelectual, para poner la cultura al servicio del hombre». Asimismo, se afirmó que «para lograr una paz justa y duradera entre los países de América, es preciso implantar un sistema de respeto a las tradiciones históricas y a la personalidad institucional de cada una de nuestras naciones, toda vez que la unidad continental solo podrá realizarse mediante la colaboración y la ayuda mutuas».
Los estudiantes de todas las razas, culturas y religiones manifestaron su inquebrantable resolución de luchar hasta el final contra el totalitarismo, por considerarlo enemigo de la universidad. La juventud expresó su plena confianza en el triunfo de la democracia y su aspiración a una paz basada en la armonía universal, en la que todos los seres humanos fueran merecedores de libertad y justicia. Para alcanzar la victoria de la democracia, los jóvenes debían cumplir con su deber en sus respectivas esferas de acción, ya fuera combatiendo en los frentes de guerra, trabajando en las fábricas, investigando en los laboratorios o estudiando en las universidades.³¹
La señora Roosevelt ofreció un té en los jardines de la Casa Blanca a todos los delegados asistentes a la Asamblea. Asimismo, como homenaje a los representantes hispanoamericanos, el señor Pedro de Alba organizó una visita al edificio y a las oficinas de la Unión Panamericana. El director de la institución, L. S. Rowe, dio la bienvenida a los asistentes, mientras que Pedro de Alba pronunció un interesante discurso sobre la misión de los estudiantes hispanoamericanos frente al conflicto mundial. Durante su estancia en los Estados Unidos, los delegados mexicanos visitaron las ciudades de San Antonio, Dallas, Austin, Tulsa, Washington, Nueva York y San Luis, Misuri. También conocieron algunos de los sitios más emblemáticos del país, como el Monumento a Washington, el Empire State Building y la Estatua de la Libertad. Además, recorrieron el Capitolio, la Biblioteca del Congreso y la Catedral de San Patricio, y navegaron por las riberas de los ríos Hudson y Potomac.
A su regreso, Juan Hernández Luna colaboró en la Dirección General de Profesiones de la Secretaría de Educación Pública y en la Dirección de Enseñanza Normal, donde ocupó el cargo de jefe de oficina. Posteriormente desempeñó la Secretaría del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana y la Secretaría del Centro de Estudios Filosóficos, dirigido por el licenciado Eduardo García Máynez. En este último organismo se le encomendó la formación de un Archivo Bibliográfico de la Filosofía en México y la realización de investigaciones sobre la historia del pensamiento filosófico mexicano contemporáneo. Asimismo, participó en el ciclo de conferencias sobre Antonio Caso organizado por el Centro de Estudios Filosóficos, presentando la ponencia titulada Las polémicas filosóficas de Antonio Caso, presentada el 18 de octubre de 1946 en el Aula José Martí de la Facultad de Filosofía y Letras, Juan Hernández Luna consolidó su presencia en el ámbito académico universitario. Posteriormente se hizo cargo de la Secretaría de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y asumió la dirección de la Revista de Filosofía y Letras. Esta publicación constituyó un fiel reflejo de la actividad filosófica, literaria, histórica y antropológica de nuestro país durante los años de 1941 a 1958. A través de ella se establecieron importantes intercambios culturales con universidades e instituciones académicas de América Latina y Norteamérica que editaban publicaciones semejantes. En sus páginas colaboraron destacados intelectuales procedentes de las universidades de Madrid y Barcelona, así como miembros del Centro de Estudios Filosóficos. La revista publicó un total de sesenta y nueve números: cuarenta y tres bajo la dirección de Eduardo García Máynez; cuatro dirigidos por el licenciado Agustín Yáñez; quince por el licenciado Salvador Azuela; y los últimos siete por el doctor Francisco Larroyo. Como secretarios fungieron, inicialmente, Eduardo Nicol y, a partir de julio de 1948, Juan Hernández Luna, quien durante un largo periodo se encargó de seleccionar los materiales y corregir las pruebas de imprenta.

Juan Hernández Luna (sentado a la derecha) como Delegado por México, en la Asamblea Internacional de Estudiantes en Washington.
En 1959, el presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, lo nombró secretario de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, cargo que lo obligó a reducir temporalmente sus actividades docentes en la Universidad. Bajo la dirección de don Martín Luis Guzmán, presidente de la Comisión, participó en una intensa campaña nacional destinada a dotar de libros de texto gratuitos a la niñez mexicana.
Para ello se convocó a destacados artistas plásticos mexicanos para diseñar las portadas de los libros y a reconocidos maestros para seleccionar y elaborar los contenidos educativos. Las imprentas mexicanas trabajaron intensamente para dar vida a este ambicioso proyecto, gracias al cual millones de niños mexicanos pudieron acceder gratuitamente a materiales educativos fundamentales.
Quienes lo conocieron recuerdan la emoción que reflejaban su rostro, la intensidad de su mirada y el entusiasmo de su voz cuando contempló los primeros ejemplares terminados y listos para ser distribuidos en las escuelas del país. Más tarde, observó con satisfacción las fotografías que mostraban cómo la cultura llegaba incluso a las comunidades más apartadas de México, transportada muchas veces a lomo de burro por caminos difíciles y remotos.
Aquel proyecto, que comenzó como un ideal educativo, se convirtió en una realidad a la que dedicó dieciocho años de su vida. Fue nombrado por el presidente Adolfo López Mateos y ratificado posteriormente por los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez. Finalmente, el 30 de noviembre de 1976, el presidente José López Portillo aceptó su renuncia al cargo.
Durante su permanencia en la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos contó siempre con la estimación y la amistad personal de Martín Luis Guzmán. Asimismo, cultivó relaciones de trabajo y amistad con destacadas figuras de la educación y la cultura mexicanas, entre ellas Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez, José Gorostiza, Alberto Barajas, Agustín Arroyo Ch., Arturo Arnaiz y Freg, Gregorio López y Fuentes, y José Luis Martínez, quienes formaron parte de la Comisión en distintos momentos.
Este periodo constituyó una de las mayores satisfacciones de su vida profesional, al contribuir directamente a la edición y distribución de cientos de millones de libros de texto y cuadernos de trabajo gratuitos destinados a la educación de la niñez mexicana.

El Dr. Juan Hernández Luna, en los talleres de dibujo de la Comisión de los Libros de Texto Gratuitos.
Fue un privilegio trabajar al lado de quien siempre admiró: don Martín Luis Guzmán, novelista y maestro de la narrativa, por su prosa viva, elegante y clara; por su enorme energía moral e intelectual, y por su capacidad ilimitada de trabajo.
Respecto al trabajo, recordaba lo que Alfonso Caso le decía:
«Siempre he considerado el trabajo no como una obligación, sino como un privilegio. Trabajar en lo que a uno le interesa y le divierte es una suerte que solo conceden los dioses a unos cuantos hombres». Juan Hernández Luna publicó, en dos volúmenes —los números 34 y 55 de la colección Biblioteca de Nicolaitas Notables—, la historia de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos: cómo nació, se organizó y se desarrolló; la problemática que tuvo que vencer frente a quienes se oponían a ella; y el momento emotivo en que el secretario de Educación, don Jaime Torres Bodet, entregó el primer libro de texto y cuaderno de trabajo en la escuela rural Cuauhtémoc, del poblado de El Saucillo, ante el asombro de sus habitantes, quienes vieron cumplida la promesa del presidente Adolfo López Mateos.
Pocos días antes de su muerte apareció el número 55, con el que se despidió como director del Centro de Estudios sobre la Cultura nicolaíta. Varios ejemplares de este, su último libro, rodearon su ataúd y constituyeron su obsequio final para familiares y amigos. En él reunió diversas oraciones fúnebres dedicadas a los colaboradores de la Comisión que fallecieron durante el sexenio del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Los miembros de Comisión Nacional de los Libros de Texto.
A los sesenta y tres años de edad regresó a su natal Morelia, pero no para descansar. El gusto por el trabajo cotidiano y su gran fuerza espiritual lo llevaron a concebir un noble proyecto: la creación del Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaíta. En ese tiempo era rector de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo el licenciado Fernando Juárez Aranda.
Le expuso la idea de formar un centro de estudios sobre la cultura nicolaíta cuya finalidad esencial fuera la investigación y difusión de los valores culturales producidos por la Universidad Michoacana y el Colegio de San Nicolás desde su fundación: valores filosóficos, científicos, jurídicos y artísticos.
Para iniciar las publicaciones de este centro y evitar costos elevados, sugirió al rector que la Universidad aportara la mitad de los recursos y él la otra mitad. El rector aceptó la propuesta y, con ese fondo inicial, se publicaron las Obras completas de José Torres Orozco (cuatro volúmenes) entre 1979 y 1980.
Constituido el Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaíta, Juan Hernández Luna fue nombrado director. La institución inició sus trabajos editoriales bajo el patrocinio del licenciado Carlos Torres Manzo, gobernador del estado de Michoacán, y del rector Fernando Juárez Aranda.
La colección Biblioteca de Nicolaítas Notables constituyó la columna vertebral de la actividad editorial del Centro. De ella surgieron la Biblioteca de Científicos Nicolaítas, la de Educadores Michoacanos, la de Filósofos, Pintores y Poetas, la de Libros de Texto, las ediciones conmemorativas del 450 aniversario de la fundación del Colegio de San Nicolás, las conmemorativas de la fundación de Valladolid, las ediciones inaugurales del Centro Cultural Universitario y la Biblioteca del Pueblo. En conjunto, sumaron alrededor de ciento cincuenta volúmenes publicados, con un tiraje de mil ejemplares cada uno. No se trataba de ediciones de lujo, sino de obras accesibles para todo público.
En esta extensa labor editorial, el doctor Juan Hernández Luna nunca contó con un equipo de colaboradores. Solamente él y su esposa, Paz Aragón, asumieron la tarea de revisar y corregir las pruebas de imprenta. Con su pasión por localizar obras agotadas y rescatarlas del olvido, consagró su vida al estudio y honró a la Universidad Michoacana publicando durante quince años consecutivos un libro dedicado al héroe Miguel Hidalgo y Costilla.
Así rescató y difundió numerosas obras, entre ellas: Hidalgo, reformador intelectual y libertador de los esclavos; Procesos inquisitorial y militar seguidos a don Miguel Hidalgo y Costilla; En torno al nicolaita Miguel Hidalgo; Hidalgo íntimo; Hidalgo, reformador y maestro; El joven teólogo Miguel Hidalgo; El Anti-Hidalgo; Hidalgo en el Colegio de San Nicolás; Hidalgo ante el Grito de Dolores; Hidalgo, antorcha de eternidad; Hidalgo y la Independencia; Miguel Hidalgo y el gobierno insurgente en Valladolid; Hidalgo entre escultores y pintores; Aspectos de la vida preinsurgente de Hidalgo; e Imag12 históricas de Hidalgo.

El Dr. Juan Hernández Luna, en el momento de ser condecorado con la Presea Generalísimo Morelos por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, gobernador del estado de Michoacán.
Se avocó también a la creación de una Pinacoteca Nicolaita, buscando en archivos las fotografías de ilustres nicolaitas, así como de lugares históricos; Imag12 y obras que pintores michoacanos como José Roberto González, Gilberto Ramírez, Jesús Cervantes, Enrique Revuelta y Nicolás de la Torre plasmaron en acuarelas y óleos.
El Dr. Juan Hernández Luna, con su esposa Pachela y sus hijos Juan Manuel, Ma. De la Paz y Francisco Javier (noviembre de 1983).
Esta colección se presentó en el Museo Michoacano y fue inaugurada por el rector, licenciado Fernando Juárez Aranda, en febrero de 1983. A la muerte del Dr. Hernández Luna, la colección de Científicos Michoacanos pasó al salón de juntas de la Facultad de Medicina; la de Filósofos, a la Facultad de Filosofía; y la de Hidalgo y Morelos quedó bajo la custodia del Archivo Histórico. Por su parte, la Sala de Rectores se conserva en el Centro Cultural Universitario. Como hombre sintió siempre el deseo de superarse. Vivió en defensa de la verdad y de la justicia; se fijó metas que para otros parecerían imposibles, pero que, gracias a su condición de trabajador incansable, alcanzó mediante una creatividad constante. Como discípulo de Nietzsche, poseía aquella voluntad de poder y algo del superhombre del que habla Zaratustra.

El Dr. Juan Hernández Luna, en su casa de Santa María de Guido, rodeado de su esposa, hijos y nietos (mayo 18 de 1995).
Por su labor humanista y su trabajo permanente en favor de la cultura, el Ayuntamiento de Morelia le otorgó, el 18 de mayo de 1985, la Condecoración Generalísimo Morelos, que recibió de manos del gobernador del estado, ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. En esa ocasión ratificó la devoción por Morelos que había nacido en su infancia y manifestó que aquel homenaje y aquella medalla no debían llenarlo de vanidad ni a él ni a su familia, pues era consciente de que: «La felicidad es pasajera, como lo es la vida misma; no debemos encariñarnos ni con la una ni con la otra, ni querer prolongarlas más allá de las fronteras que ellas mismas traen consigo y que en vano querríamos traspasar. Hay que disfrutar esta felicidad que en esta fecha memorable hemos recibido, pero no tratar de engreírnos con ella».³²
En septiembre de 1995, la Escuela de Historia, el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana, el Colegio Nacional y el Patronato Pro Restauración y Conservación del Ex Colegio Jesuita de Pátzcuaro organizaron un ciclo de conferencias en homenaje al Dr. Juan Hernández Luna.
Participaron el Dr. Miguel León-Portilla, con la conferencia «Juan Hernández Luna en la cultura michoacana y universal»; una mesa redonda integrada por el Dr. Raúl Arreola Cortés; el Mtro. Gerardo Sánchez Díaz, del Instituto de Investigaciones Históricas; el Dr. Mario Teodoro Ramírez Covarrubias, de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana; y el Dr. Roberto Heredia, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Cada uno de ellos abordó distintas facetas de la vida y obra de este distinguido nicolaita. Por su parte, el Dr. Hernández Luna expresó su agradecimiento mediante un discurso improvisado, haciendo gala de sus dotes de orador y de la lucidez mental que, a sus ochenta y dos años de edad, aún conservaba.

El Dr. Juan Hernández Luna agradece a la Universidad Michoacana el homenaje que en vida le fue ofrecido (septiembre de 1995).
Meses después, el 9 de diciembre de ese mismo año, la Universidad Michoacana invitó a la comunidad universitaria y a la sociedad en general a participar en el homenaje luctuoso de cuerpo presente del Dr. Juan Hernández Luna, efectuado en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Falleció en Morelia, «seguro de haber realizado una obra que no guarda comparación, por su hondura y extensión, con la que se ve en el resto de nuestra nación.³³ Murió orgulloso de haber impulsado los estudios sobre la cultura nicolaíta sin seguir otro criterio que el estrictamente académico; sin banderas, sin partidismos políticos o ideológicos y sin obstáculos burocráticos. Su amplia concepción de la cultura mexicana dejó una profunda huella en la vida intelectual y cultural de Michoacán.
Durante el homenaje, el secretario de la Universidad Michoacana, Napoleón Guzmán, en representación del rector, hizo entrega de un reconocimiento póstumo a la familia del maestro nicolaita Juan Hernández Luna, como muestra de gratitud por su invaluable contribución al desarrollo de la cultura, la educación y el pensamiento universitario en Michoacán.

El secretario de la Universidad Michoacana, Napoleón Guzmán, en representación del rector, entrega un reconocimiento al Dr. Juan Hernández Luna durante el homenaje que la institución le rindió en septiembre de 1995.

Dr. Juan Hernández Luna en su estudio
Notas
1 Pablo G. Macías. Aula Nobilis. Mex-940 p.460 y Sgs.
2 Idem. p.462
3 Raúl Arreola Cortés. Juan Hernández Luna, el estudiante nicolaita. En Testimonios universitarios Suplemento}arios de La Voz de Michoacán. 1° de octubre de 1995, Año 1, No.22.
4 Lic. Jesús Aguilar Ferreira. Morelia, Mich. Verano de 1991 Justa y Meritísima Recordación. Archivo del Dr. Juan Hernández Luna
5 Arreola Cortés, Raúl. Opus Cit.
6 Idem.
7 ldem.
8 Jesús Aguilar Ferreira. Opus cit.
9 Oficio No.1298.Secretaría General. Archivo del Dr. Juan Hernández Luna.
10 Oficio No.56. Rectoría. Archivo de Dr. Hernández Luna.
11 Actas del Consejo Estudiantil nicolaíta. Archivo Histórico de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (AHUMSNH). Años de 1930-1932
12 ldem. p.1158
13 Aula Nobilis, p.493
14 Actas de Consejo Universitario. Acta No. 12, año de 1933. Caja 1 44, Archivo Histórico de la Universidad Michoacana
15 Idem
16 Idem
17 Primer Congreso Estudiantil nicolaíta Mayo de 16 Idem 1934. Archivo del Dr. Juan Hernández Luna
18 Idem
19 Archivo del Dr. Juan Hernández Luna. Escritos de Las Camisas Rojas de Tomás Garrido en contra Canabal.
20 Revista Universidad.- Nos. 1 y 2 agosto de 1934.
21 Pablo G. Macías.- Aula Nobilis. pp. 359 y 360
22 Rectoría, oficio 192, 14 de enero de 1936.
Tribunal de Justicia, oficio 254, 15 de octubre de 1938 Rectoría: oficio 152, 16 de enero de 1939. Rectoría: oficio 491, 1° de febrero de 1939. Rectoría: oficio 673, 1° de marzo de 1939. Rectoría: oficio 736, 7 de marzo de 1939. Rectoría: oficio 1689, 1° de noviembre de 1940.
23 Archivo del Dr. Juan Hernández Luna
24 Idem
25 Idem
26 Idem
27 Idem
28 La Universidad de Primavera Vasco de
Quiroga. Biblioteca de Nicolaítas notables No.36 Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaíta Universidad Michoacana, Morelia, Mich. 1987, pp.6 y 7
29 Idem.p.15
30 EI Universal, 4 de septiembre de 1942. Mensaje del Presidente Roosevelt.
31 Excelsior 19 de septiembre de 1942. Histórica Misión tiene la juventud contemporánea Artículo de Salvador Pineda.
32 Juan Hernández Luna. Mi devoción por Morelos Discurso pronunciado el día 18 de mayo de 1985 publicado en Crónica de Morelia. Organo de la ciudad, N°6, 11 época, Morelia, Mich. Mayo de 1985.
44 Ernesto de la Torre Villar La historia de luto. El Buho, suplemento de Excelsior, enero 14 de 1996. México, D.F.
Obra del Dr. Juan Hernández Luna
Samuel Ramos. Su filosofar sobre lo mexicano, Colección de la Facultad de Filosofía y Letras, no.12 UNAM, 1956
Samuel Ramos. Etapas de su formación espiritual. Biblioteca de Nicolaítas Notables, no. 16, Centro de Estudios sobre la Cultura nicolaíta. Universidad Michoacana de San Nicolas de Hidalgo, Morelia, Mich., 1982.
El estado mental de los tuberculosos, (Un poeta filósofo: Giácomo Leopardi) y Cinco Ensayos
sobre Federico Nietzsche. Prólogo, biografía y bibliografía de Juan Hernández Luna. Colección de la Facultad de Filosoffa y Letras, no. 10 UNAM. México, 1956.
Dos ideas sobre la filosofa en la Nueva España (Rivera vs. De la Rosa). Colección de la Facultad de Filosoffa y Letras, no. 37, UNAM. México, 1959.
Antonio Caso. Embajador Extraordinario de México, Sociedad de amigos del Libro Mexicano (SALM) México, 1963 y en 1980 en el vol. 1 de la Biblioteca de Nicolaítas Notables, Morelia, Mich.
Ezequiel A. Chávez. Impulsor de la Educación Mexicana, UNAM, México, 1981.
Imag12 Históricas de Hidalgo. Biblioteca de Nicolaítas Notables, no.6, Centro de Estudios
sobre la Cultura nicolaíta, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich., 1981.
Libros
La Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos. Biblioteca de Nicolaítas Notables, núm. 34. Centro de Estudios sobre la Cultura nicolaíta, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, 1986.
La Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos en el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Biblioteca de nicolaítas Notables, núm. 55. Centro de Estudios sobre la Cultura nicolaíta, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, noviembre de 1995.
José Torres Orozco, el último positivista mexicano. Vol. I. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, 1979.
Publicaciones en revistas y periódicos
«Antonio Caso, héroe y santo de la filosofía en México». Palabras pronunciadas ante la tumba del maestro Caso. El Universal, 12 de mayo de 1946.
«Antonio Caso y el porvenir de América Latina». Cuadernos Americanos, año VI, núm. 3, mayo-junio de 1947, vol. XXXIII.
«Diálogo con el restaurador en Mascarones de la Philosophia Perennis». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 26, abril-junio de 1947.
«Dos novelas del neotomismo en México». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núms. 41-42, enero-junio de 1951.
«Don Andrés del Río y el primer libro de filosofía kantiana que hubo en México». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 15, julio-septiembre de 1944.
«El mundo intelectual de Hidalgo». Historia Mexicana, revista de El Colegio de México, vol. II, núm. 10, octubre-diciembre de 1963.
«El filosofar de Samuel Ramos sobre lo mexicano». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núms. 45-46, enero-junio de 1952.
«El pensamiento nacionalista francés en el siglo XVIII mexicano». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 24, octubre-diciembre de 1946.
«El gran Pacotillas». Historia Mexicana, revista de El Colegio de México, vol. I, núm. 4, abril-junio de 1952, pp. 517-540.
«El neokantismo ante la tradición filosófica mexicana». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 32, octubre-diciembre de 1948.
«La filosofía de la historia de Kant». Letras de México, año VIII, núm. 17, 1 de mayo de 1944. Gaceta Literaria y Artística.
«La filosofía contemporánea en México». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 27, julio-septiembre de 1947.
«La unidad en el catolicismo, fascismo y socialismo». Universidad Socialista, periódico estudiantil, año I, núm. 2, pp. 2-4, Morelia, Michoacán, 28 de enero de 1938.
«La Universidad Nacional de México». Cuadernos Americanos, año X, núm. 5, septiembre-octubre de 1951, vol. LIX.
La Universidad de Justo Sierra. Prólogo y recopilación. Colección de Documentos Universitarios. Secretaría de Educación Pública, México, 1948.
«La imagen de América en José Vasconcelos». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 31, julio-septiembre de 1948.
«Las raíces ideológicas de Hidalgo y de nuestra Revolución de Independencia». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 29, enero-marzo de 1948.
«La Universidad de Justo Sierra». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 28, octubre-diciembre de 1947.
«Lo que dice Nicolás Berdiaev en su libro Una nueva Edad Media (extracto)». Voces. Revista de Estudiantes, núm. 1, marzo de 1934, Morelia, Michoacán.
«Imagen de América en Alfonso Reyes». Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 38, abril-junio de 1950.
"Instituciones filosóficas del México actual". filosofía y Letras, Revistas de la Facultad de filosofía y Letras no. 36, octubre-diciembre 1949.
Jose Antonio Alzate. Estudios biográficos y selección. (Biblioteca Enciclopédica Popular, no. 41.) Secretaría de Educación Pública, México, 1945
"Primeros estudios sobre el mexicano en nuestro siglo". Filosofía y Letras, Revista de la Facultad de Filosofia y Letras no. 40, octubre-diciembre 1950.
"Siete años de labor filosófica de José Gaos en México". Cuadernos Americanos, año V, no. 1, enero- febrero de 1946, Vol. XXV.
"Sobre la fundación de la Universidad Nacional. Antonio Caso vs. Agustín de Aragón". Historia Mexicana Revista de El Colegio de México. Enero-marzo 1967. . Vol. XVI pag.63,p. 368 a 381
"Una polémica en torno al porvenir de América Latina". Filosofía y Letras, Revista de la Facultad de Filosoffa y Letras, nos. 43-44, julio-diciembre 1951
"Una jornada del maestro Caso a favor de la libertad de cátedra". Filosofía y Letras, Revista de la Facultad de Filosoffa y Letras No.25, enero-marzo 1947
"La Hispanidad de Joaquín Xirau". Cuadernos Americanos. Año V. No. 4. Julio-agosto 1946. Vol. XXVII.
Reseñas bibliográficas
"La conversación con don Alfonso Reyes y el obsequio de Amor y mundo fueron mi primer contacto intelectual con el maestro, filósofo y escritor catalán que habría de dirigir mis estudios.
La noche en que recibí el libro lo leí completo. Lo que me impresionó desde el principio y me impulsó a continuar su lectura hasta el final fueron estos dos párrafos del prefacio:
"La vida íntegra de nuestro espíritu se desarrolla en un ámbito de amor. Si suprimimos el amor desaparece su historia. La literatura, el arte, la filosofía, la religión..., la cultura entera que impregna nuestra alma, tiene su raíz más profunda y halla su última culminación en los anhelos de la vida amorosa."
"Las dos piezas esenciales de nuestra estructura espiritual, la cultura grecorromana y la cultura cristiana, fundan su más alta dignidad en el cultivo de la conciencia erótica. Sócrates se declara especialista en amor. Eros impulsa y orienta la concepción de la vida del pueblo helénico. En el mundo cristiano, Dios es amor. De su fuente mana todo y todo retorna a Él. Es el principio, el medio y el fin."
Además de estos párrafos, me impresionó especialmente el capítulo titulado "Orden del amor. El amor y la jerarquía de los valores":
"La conciencia amorosa ordena y jerarquiza los valores implícitos en la percepción de las cosas. El amor ilumina los valores y es juez y señor. Por él llegamos a conocerlos y a estimarlos. Sin amor no hay valor. Una cosa situada fuera de la esfera del amor —un cosmos sin amor— sería un ser indiferente, reductible, en último término, a la ley de la inercia y a los principios de identidad y conservación. El amor es, por tanto, el valor supremo, la fuente y el origen de todo valor" (p. 157).
Movido por Eros, Juan Hernández regresó a su natal Morelia para contraer matrimonio con su compañera de estudios en el Colegio de San Nicolás, Paz Aragón Ruiz. De esta unión nacieron tres hijos: Juan Manuel, María de la Paz y Francisco Javier.
La paciencia, comprensión, ternura y bondad de su esposa, Pachela, le permitieron disfrutar de cincuenta años de feliz matrimonio, pese a las limitaciones económicas y las dificultades vividas en la Ciudad de México.
El haberse ausentado de la Casa de Hidalgo no impidió a Juan Hernández Luna mantener sus vínculos con su querido Colegio de San Nicolás; por el contrario, estos permanecieron siempre abiertos, pues llevaba dentro de sí la esencia del nicolaíta, con un espíritu pleno y siempre dispuesto a la acción.
Viajaba constantemente de México a Morelia y de Morelia a México. En uno de esos viajes se encontró con el licenciado Natalio Vázquez Pallares, rector de la Universidad Michoacana, quien le habló acerca de los preparativos para celebrar el IV Centenario de la fundación del Colegio de San Nicolás.
Entonces, Juan Hernández Luna sacó de su portafolio un folleto que el maestro Joaquín Xirau, filósofo catalán, le había regalado. Dicho folleto contenía los cursos y seminarios que durante el verano se impartían en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, España.
Conferencias pronunciadas por Juan Hernández Luna
Las Polémicas Filosóficas de Antonio Caso. Viernes 18 de octubre de 1946 en el ciclo de Conferencias sobre Antonio Caso, organizadas por el Centro de Estudios Filosóficos de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Aula José Martí de la Facultad de Filosofía y Letras.
Las Raíces ideológicas de Hidalgo. De nuestra Revolución de Independencia. Discurso pronunciado el 8 de mayo de 1948 en el Colegio de San Nicolás. Publicado en la Revista
Universidad Michoacana N° 31, mayo-junio de 1953, Morelia, Mich.
Ambiente filosófico del México del Plan de Ayutla (1850-1860) Lunes 26 de abril de 1954. Congreso Mexicano de Historia, auspiciado por la Universidad Michoacana para estudiar el Plan se ayuda.
Proudhon y Ocampo, 14 de febrero de 1956. El Movimiento Fourierista y la Reforma Liberal Mexicana, 15 de febrero de 1956. Ciclo de Conferencias sobre la Reforma y el Liberalismo Mexicano, organizadas por la Rectoría de la Universidad Michoacana. La Facultad de filosofía y Letras. Octubre 6 de 1958. Ciclo de Conferencias sobre orientación profesional organizado por la Escuela Nacional Preparatoria Discurso del 8 de mayo de 1961 ¿Qué es ser nicolaíta?
En el Congreso Mexicano de Historia en Cuernavaca, Morelos, participó con la ponencia Morelos y la Universidad, en septiembre de 1965.
Participa en el V Coloquio de Antropología e Historia Regionales, comentó sobre el tema La tradición científica en el Occidente de México, el 5 de agosto de 1983, del ponente Jesús Kumate, organizado por el Colegio de Michoacán en agosto de 1983.
En el Congreso sobre la insurgencia mexicana, organizado por el Colegio de Michoacán en octubre de 1984, participó como comentarista sobre la ponencia Fuentes del Pensamiento de Morelos, Dr. Agustín Churruca Pelaes."
Mi Devoción' por Morelos. Discurso
pronunciado el día 18-de mayo de 1985, al recibir la Presea Generalísimo Morelos, Publicado en el periódico Crónica de Morelia, Órgano de la ciudad No. 6, 11 época Morelia, Mich. Mayo de 1985.
Bibliografía
1. ? Actas del Consejo Estudiantil nicolaíta. Archivo Histórico de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Anos de 1930-1932. Sección: Educación Preparatoria. Serie: Colegio de San Nicolás.
2.- Archivo Histórico de la Universidad Michoacana. Serie: Conferencias, Sección: Rectoría. Años de,1955- 1966. Caja No.22. ? Caja No. 7, Serie: Informes, Años 1940-1947 ? Caja No. 145, Actas de Consejo Universitario. Años de 1941-1945. ? Caja No. 144, Actas de Consejo Universitario. Años de 1924-1934 ? Caja No.21. Sección: Rectoría. Serie: Congresos. Años 1954-1962
3.- Arreola Cortés Raúl. Juan Hernández Luna, el estudiante nicolaíta, en Testimonio Universitarios, Suplemento de la Voz de Michoacan. 1° de octubre de 1995.
4.- Hernández Luna, Juan. Archivo Personal.
5.- Macías G.Pablo.Aula Nobilis. México, 1940
6.- Revista Universidad, Nos. 1 y 2. Agosto de 1934. Morelia, Mich.
7.- Rectorfa. Oficios. Años de 1936-1940 8.- La Universidad de Primavera Vasco de Quiroga. Biblioteca de Nicolaitas Notables No, 36. Centro de Estudios sobre la Cultura nicolaíta Universidad Michoacana. Morelia, Mich. 1987. - No. 37 Morelia, Mich. 1988
9.- EI Universal Mensaje del Presidente Roosevelt. Sep. 4 de 1942. México, D.F
10.- Pineda Salvador, Histórica misión tiene la juventud contemporánea, en el Excelsior, septiembre 19 de 1942.México, D.F.
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Juan Hernández Luna
Humanista nicolaita del siglo XX
Se terminó de imprimir
En los talleres de la Editorial universitaria
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